Saltó en su momento a la actualidad y prolifera en las conversaciones un término, una palabra que, tiempo atrás, era exclusiva del mejor café, de un tipo concreto de tren y poco más. Hacía referencia a la rapidez: con la que se elaboraba o con la que se movía. La palabra en cuestión es la palabra “exprés”.
En poco tiempo, se ha puesto de moda y con ella adjetivamos acciones o actuaciones rápidas, desde determinadas tomas de posición a acciones concretas, todas ellas caracterizadas por un factor común: la velocidad.
Una de las palabras a las que se adjetiva de esta manera es “divorcio”, en el contesto de la reforma legislativa, tristemente en vigor, encaminada a resolver los divorcios en un plazo de dos meses.
Es verdad que hay situaciones concretas que necesitan de una rápida y drástica solución, pero la generalidad es posible que no necesite tanta prisa. En bastantes ocasiones las dificultades y desentendimientos surgen en los primeros meses del matrimonio, (de “rodaje” diríamos, si se tratase de un coche), muchas veces consecuencia de la dificultad para el acoplamiento, quizás por falta de habilidades en todo tipo de comunicación. ¿No sería más lógico ayudarles a conseguirlas antes que facilitarles el camino de la ruptura?.
Llama la atención la velocidad con la que acudimos al taller cuando el coche se nos avería, la prisa con la que solicitamos los servicios médicos cuando es la salud la que se resiente, (en ambos casos nunca falta la persona amiga que nos recomienda un taller solvente o un médico de prestigio si el asunto parece serio), y el poco afán que tenemos por buscar soluciones que no sean de ruptura, si es en el matrimonio en el que surgen las dificultades, y más, teniendo en cuenta las circunstancias.
Una de ellas es la ofuscación. Cuando domina, es casi imposible ser objetivos: en el análisis de motivos y situaciones; en el reconocimiento de la realidad de las ofensas, agravios y culpas; en la constatación del presente; en el panorama futuro….personal y de los hijos.
¡Los hijos!. Pocas veces, en esta situación, se les tiene en cuenta, y sin embargo ellos viven y sufren, como no nos podemos hacer idea los adultos el drama, el primer drama de su vida y en su vida, provocado por sus propios padres a quienes ellos quieren con todo su alma y a quienes querrían ver juntos a su lado, porque necesita a ambos.
Por esto, por la falta de objetividad para considerar realidad presente y el panorama que se puede abrir para ambos cónyuges en el futuro, con dificultades de todo tipo: de soledad personal, penuria económica, búsqueda e instalación de alojamiento diferente, alejamiento de los hijos, mayor trabajo para quien quede con su custodia, su educación en solitario, predilección de éstos por uno de los cónyuges con el consiguiente dolor,-como poco- del otro y por muchas razones más, en estas situaciones, más que la rapidez de la solución fácil de la ruptura, se precisaría de un tiempo mayor de reflexión durante el que, con alguna ayuda externa, pudieran volver, -en muchos casos vuelven-, la aguas a su cauce.
Si en general la ruptura es consecuencia de la fragilidad y en muchos casos preludio de muerte, en estas situaciones en las que los actores son personas que sufren queriendo ser felices, la solidaridad se inclina en primer lugar por buscar soluciones que, con serenidad y sosiego, ayuden a reparar, curar y unir y devuelvan al matrimonio la fuerza que genera vida.












