No hay más que estar atentos a los medios de comunicación: A una estudiante sus compañeras le han roto una pierna. Un alumno ha dado una paliza a un profesor, mientras otro, lo filmaba. Cada día violencia callejera da al traste con vehículos de particulares y mobiliario urbano.
La violencia, denominada doméstica, se dispara. La más solapada, pero no menos macabra, acaba con la vida de no nacidos… Podíamos seguir, pero es suficiente. ¿Qué está pasando?. ¿Qué persiguen con ella quienes la practican? ¿De qué hacen alarde? ¿Qué manifiestan a su través?
Son tan variadas las formas que adopta y tan distintas las personas que la llevan a efecto, que habría que pensar en múltiples causas. No cabe duda. Los móviles no pueden ser los mismos en las personas que siegan la vida a los más indefensos, que los que impulsan a unos muchachos a agredir a un compañero.
Pero… ¿qué impulso común circula soterradamente, por la cabeza y el corazón, de cada uno? ¿Qué falta en esos corazones y en esas cabezas que pudiera haber actuado de muro de contención, freno o tope, para semejantes acciones? Y sobre todo, ¿qué sobra? ¿Afán de destacar? ¿Soberbia? ¿Egoísmo? ¿Complejo de inferioridad? ¿Deseo de ser aceptado? ¿Amor propio? ¿Desprecio hacia los demás? ¿Incapacidad de dominio personal? ¿Primitivismo…?
Hacer preguntas es bueno, si hay respuestas. Pero no suficiente. Es preciso poner soluciones.A corto plazo. Ya. La solidaridad nos lleva a pensar en el dolor de quienes la padecen. Pero también a medio y largo plazo porque es preciso erradicarla.
A veces da miedo ser “duros”, a la hora de aplicar la justicia. Pero, ¿acaso lo tienen quienes ejercen, de estas formas, la violencia?.















