En el calendario, hay días en los que a través de distintos actos se facilita la reflexión sobre un asunto o tema concreto, al que no damos toda la importancia que tiene. Como consecuencia, la sociedad se resiente.
Uno de ellos es el que celebramos hoy día 30: el “Día de no violencia”. Hace años, en los centros escolares comenzó a celebrarse y se sigue haciendo con actos bien concretos, el “Día de la paz” o el “Día de la no violencia”. Fue conveniente hacerlo para que en niños y muchachos prendiesen sentimientos y convicciones de respeto hacia la vida de los demás.
En no demasiado tiempo, el clima de violencia ha subido considerablemente y su proliferación en campos distintos, ha sido tan rápida como si de un virus se tratara. Ya no es sólo la violencia de la guerra o del terrorismo la que nos acecha. Hay violencia en los Centros de enseñanza, entre adolescentes, con casos bien dolorosos que la han puesto de manifiesto, y entre los más pequeños, aunque sus manifestaciones no se presenten tan agresivas.
Existe en el deporte: no hay más que ver algunas “entradas” y reacciones ante situaciones fortuitas o decisiones arbitrales. También entre los seguidores de algunos de ellos: las medidas de seguridad que es preciso tomar o los tristes resultados en algunos casos, son elocuentes. Es más que conocida la violencia en el hogar, la denominamos doméstica porque además de sufrir violencia la mujer ¡y de qué manera!, no están exentos de padecerla los niños y los ancianos.
Conocemos una nueva forma de violencia: el “mobbing”. Es el resultado del acoso que sufren en el trabajo profesional hombres y mujeres, con resultados, si no de maltrato físico, sí de depresión que conduce directamente a la baja laboral o al abandono del mismo, tras un acoso moral o psicológico premeditado y sistemático.
Está la que se ejercita en el “ajuste de cuentas” o la que, por motivos diversos, desemboca en muertes violentas. Para completar el cuadro, sería preciso añadir, los modales y actitudes destempladas, sin razones aparentes, las impaciencias, las respuestas desairadas e inmotivadas, agravadas al sentir el arropamiento del grupo o por su dilución en la masa.
Esta situación ¿tiene remedio?. Importaría en principio conocer las causas. Por lo que dicen estudios ya realizados, sus causas son algunas más que el estrés, las prisas o el cansancio con las que se la pretende justificar. Se encuentran, por ejemplo, en la no aceptación de la realidad; en la falta de respeto hacia los demás; en la intolerancia; la incoherencia; la arbitrariedad, y en la incapacidad para rechazar la agresividad. No son ajenas a esta situación de violencia, la arrogancia y la prepotencia de quienes quieren imponerse a los que consideran inferiores, además de otras derivadas de la propia complejidad del ser humano.
Esta violencia nos afecta y la padecemos todos. Sin ser profetas, es fácil adivinar qué puede ocurrir si la sociedad no reacciona. Tú y yo también: porque formamos parte de ella.
Por solidaridad hasta con nosotros mismos debemos intentarlo. Tratar de distendernos y procurar sonreír un poco más, podían ser el principio.















