La mayoría de los años el día 31 de Agosto marcaba para muchas personas el final del período de descanso veraniego y con él, el retorno a las ocupaciones habituales que nos ocupan el resto del año. En esta ocasión tendremos un plus de un sábado y un domingo.
Hace algún tiempo, en una fecha como ésta, acababan oficialmente las vacaciones, la vida recobraba el ritmo ordinario y con ella el personal, que se incorporaba a su trabajo. En muchos casos se deseaba y casi siempre se hacía con alegría. Ahora las cosas son un poquito distintas: las vacaciones, teniendo esa posibilidad, se suelen parcelar para disfrutar de días de descanso a lo largo del año, con lo que la separación del puesto de trabajo no es tan larga y por tanto, teóricamente, tendría que ser menos costosa la incorporación.
Sólo teóricamente, porque en muchos casos, las vacaciones,- pensadas y organizadas desde mucho tiempo antes-, llevan en viajes particulares u organizados a sitios tan distantes y distintos del habitual, con tantas novedades que conocer, gozar y disfrutar que, el retorno al trabajo, se hace por demás costoso, cuando no fastidioso y lleno de añoranzas. Hay personas a las que les cuesta casi una enfermedad. Los psicólogos hablan desde hace años de la “depresión postvacacional”, que es aquella que sufren algunas personas, no tanto por incorporarse al trabajo, como por haber dejado atrás unos días, en los que todo, dentro de lo posible, estuvo enfocado al disfrute personal.
Es lógico que, siendo así, se sienta el reencuentro con el trabajo, pero de ahí a convertirlo en trauma o enfermedad hay un paso que las personas sensatas no suelen dar. Más lógico que añorar, sería buscar en él y en las relaciones personales establecidas en su torno, motivos de satisfacción ,-que siempre hay-, para que el uno y las otras fueran no sólo llevaderos, sino satisfactorios. Cada cual trae de sus vacaciones experiencia de qué cosas o situaciones le produjeron más satisfacción y tratar de reproducirla al detalle, en el ambiente ordinario es imposible, porque no se dan las mismas circunstancias. Lo que sí son reproducibles, son las disposiciones personales de las que se hizo gala en los días de vacaciones. El calor, las montañas, el mar, las palmeras, las hormigas o los mosquitos, fueron lo accidental y cada cual sabe ¡hasta qué punto!
Si estar dispuesto a aprovechar a tope lo positivo de cada día; enfocar cada acontecimiento de la jornada con ánimo optimista; facilitar en lo posible la vida a los demás; sonreír; prestar algún pequeño servicio sin pasar factura…, fueron las actitudes personales, -fundamentales e indispensables-, que cada cual puso para que los días de vacaciones transcurrieran como lo hicieron, a pesar de las dificultades, -que en todas partes y hasta en vacaciones “haberlas `haylas´”-, ¿por qué no intentar desde el principio reproducirlas en el ambiente ordinario?
Es verdad que no sería lo mismo, que costaría bastante más, pero haría más fácil el retorno al trabajo y la permanencia en él. Y si de paso alguien se contagia….








