El pasado día 20 de noviembre se nos invitó, una vez más, a fijar nuestra atención en los niños. ¡Los niños! ¡Cuántos recuerdos amables y felices; cuánta ternura, alegría, ilusiones y deseos, y también pasado el tiempo, tal vez cuántas tristezas y remordimientos, puede evocar la simple pronunciación de esta palabra!
A cada persona, según haya sido su encuentro con ellos, le producen sentimientos diferentes, porque los niños al igual que el resto de la sociedad, está sometido a su imperio: al del sentimiento, que no en balde hemos construido y vivimos en una sociedad sentimentalizada y sus consecuencias serán ellos los primeros en notarlas.
En esta sociedad y generalmente, cuantos la integramos, movidos por el sentimiento, según sea la circunstancia, somos fáciles tanto a la risa como al llanto y por la misma razón al olvido en cuanto desaparecen las causas. El mismo sentimiento nos lleva, cogidos de la mano de la estética, a fijarnos y prestar más atención al niño guapo y bien criado que al que no lo es tanto, está desnutrido y resguardado entre pobres harapos. Movidos por el sentimiento, nos impresionan las imágenes, lo concreto, lo que vemos y por la misma razón no tenemos en cuenta, olvidamos o no damos importancia a aquello que no percibimos, aunque exista, también los niños.
No obra así la sabia naturaleza, que cumpliendo escrupulosamente desde su origen, las leyes de las que fue dotada y por las que se rige, intuyendo que el niño es un ser indefenso, le mantiene desde sus orígenes, -que ya “es”-, al abrigo de cualquier inclemencia, en el seno de su madre, hasta que consigue, una mínima autonomía y el poquito de volumen suficiente para no perderse entre los pliegues de ropitas y pañales. Un poquito más adelante, ya nacido, es el sentimiento el que hace que los niños se vean rodeados de mimos y atenciones, súper protegidos y en ocasiones abrumados y apabullados por regalos, -tantas veces innecesarios-, que escapan a su comprensión, y que siguen su incremento con el paso de los años, porque ya se encargan ellos, que salen buenos aprendices, de tocar la fibra sensible de quienes los quieren conseguir.
Movidos por esta fibra sensible que tiembla ante el dolor y la dificultad, nos adelantamos a satisfacer sus deseos, manejados y pilotados ya por sus sentimientos, en lo que suelen salir aventajados aprendices, en vez de enseñarles a querer, que es algo más profundo y que exige el manejo razonado de la voluntad; favorecemos sus pequeños egoísmos, en vez de aprovecharlos como magnífica oportunidad para estimularles a compartir; la miopía que produce la sensiblería prefiere, antes plegarse a sus gustos y caprichos, que evitar el mal rato de una corrección oportuna con todas las consecuencias para el futuro.
Así hasta el infinito…. Es preciso recordar que los niños son algo más que un cuerpo que alimentar y cubrir y que una inteligencia a la que proporcionar conocimientos e instrumentos para incrementarlos. Los niños tienen un espíritu y un corazón para los que tiene derecho a exigir la educación y preparación adecuadas para su futuro paso por la sociedad.






