Ayer me sacó de mi enfrascamiento ante el ordenador, la música de dulzaina y tamboril que desganaban su música en un lugar cercano. Hasta que el sonido característico de un paloteo hizo saltar la curiosidad.
Es un jardín cercano, varias personas hacían rueda en torno a un grupo de danza y a las personas a las que dedicaban sus rítmicos pasos: un matrimonio. Un matrimonio, que en estos momentos de infidelidad manifiesta, mostraba con su satisfacción que es posible ser fieles al amor; que es posible decirle que sí, cada día, y que es posible mantenerlo vivo a pesar de los pesares.
No era afirmación gratuita llena de buenos deseos: era confirmación gozosa avalada, – más que por la presencia de los amigos -, por la de los hijos y nietos que les acompañaban. Los protagonistas de la fiesta, con el gozo y la satisfacción en el rostro y con la realidad de sus cincuenta años de matrimonio, – sin proponérselo -, daban respuesta afirmativa, a quienes aterra cuanto suena a fidelidad y compromiso. Seguro que dificultades no les faltaron.
Seguro, que contratiempos a lo largo de tan dilatada vida matrimonial, tampoco. Pero seguro, también, que supieron apoyarse uno en otro, como naipes de baraja y, así, sostenidos mutuamente, siguieron adelante. Por eso, en este día, pasados los años, al contemplar esa familia por ellos creada, se notaba, en su mirada feliz, que los daban por bien empleados, porque, juntos, los habían superado.
Ahora, la vida sigue, y por delante tienen un camino por recorrer, que les deseamos muy feliz. Las circunstancias serán diferentes, sus energías también, pero no importa: siguen contando algo muy valioso, algo que ellos cuidaron y alimentaron, y que les mantuvo unidos en su vida: su amor.






