Esta semana hemos asistido a una marca difícilmente superable en lo referido a la violencia contra la mujer: la muerte de cuatro de ellas en un solo día, producto de lo que ahora se ha dado en llamar violencia machista.
Ni la Ley promulgada, ni las denuncias, ni los mandatos de alejamiento, han conseguido, hasta ahora, frenar esta alocada carrera. Y siendo la mujer su víctima principal, en ella habría que poner y fijar la atención para descubrir qué cosas le podrían ayudar, qué detalles debería cuidar para evitar en lo posible, situaciones que acaban como sabemos, aunque el mediar sentimientos, todo se complica.
Para empezar, sería importante,- por aquello de “lo que pronto se aprende tarde se olvida”-, enseñar a los niños, desde pequeños, a hacerse respetar, respetándose a sí mismos y a los demás. De no hacerlo, más tarde, pueden ocurrir cosas como la que se relata a continuación.
El pasado invierno varias personas que caminábamos por una calle, observamos, cómo cuatro muchachos, se peleaban. Dos, en el suelo, recibían el castigo de los otros dos que, a todas luces, los dominaban. Al aproximarnos acabó la pelea y los dos del suelo se levantaron.
Entonces comprobamos que quienes lo hacían y, mientras se recomponían la ropa y echaban a andar, medio en serio medio en broma, decían “floridos piropos”,-entiéndanse gruesos insultos y no menores tacos-, a sus “atizadores”,… eran dos chicas. Al pasar junto a una de las personas espectadoras, les dijo: “Esto que ahora os hace gracia, puede acabar en violencia doméstica”.
La reacción primera fue una mirada entre incrédula y asombrada. Luego, otra agradecida concretada en la respuesta: “¡Pues es verdad!”. Cuando los chicos se les unieron, curiosos por saber qué les habían dicho, la respuesta de las chicas fue: “A vosotros no os importa”. Y echando a andar, les dieron la espalda.






