Acabamos el mes de Mayo que comenzó con la fiesta dedicada al trabajo y conviene hacer sobre la actividad laboral unas cuantas reflexiones.
Que trabajar cuesta, no es novedad. Quizás por ello, muchos le consideran castigo. Nada más lejano de la realidad. El trabajo bien hecho, reporta a quien lo ejercita, beneficios interesantes. Su simple enumeración, basta para darse cuenta de ello.
Cualquier persona que trabaja, no sólo consigue recursos para sostener a la propia familia. El trabajo es fuente de beneficios personales y sociales. A través de él: establece vínculos de unión con otras personas, colabora en la mejora de la sociedad en la que vive y contribuye a su progreso.
Pero sobre todo, el trabajo, cualquier trabajo, es manifestación de la dignidad del hombre y contribución al desarrollo de su personalidad. Sin embargo en estos momentos el trabajo no se percibe así.
El fijar la atención exclusivamente, en el beneficio económico; la pretensión de olvidar la dignidad de la persona; el fomento del individualismo; el permanente elogio de lo cómodo y lo fácil; el afán por desterrar del devenir diario cualquier tipo de esfuerzo sustituyéndolo por la ley del mínimo esfuerzo o el desinterés por su trascendencia, son causas de desafectos por el trabajo, por parte de un amplio sector de población activa. Y no parece que sea lo mejor: ni individual ni socialmente.
¿Convendría hacer alguna cosa para reconducir esta situación?.
Tal vez ¡una lista!… en la que no faltasen el estimulo por recuperar el afán por hacer bien las cosas y el interés para prepararse para adquirir la competencia necesaria.









No hace mucho ha concluido el viaje de Benedicto XVI a EEUU. Durante él, además de cumplir con todos los compromisos contraídos, con naturalidad, sencillez y fortaleza, dio al traste con muchos prejuicios.