Solidaridad y Medios

Solidaridad integral en los Medios de Comunicación

Expectativas de fracaso no, actitudes positivas y seguras sí

Posted by solidaridadmedios en mayo 20, 2020

Alfonso Aguiló

Imaginemos una persona convencida de que no sirve para algo determinado. Por ejemplo, se ha convencido de que es un mal estudiante. Con esa expectativa de fracaso, ¿qué proporción de sus recursos personales será capaz de movilizar?

Parece obvio que la mayor parte de su potencial quedará inactivo. Esa persona ya se ha dicho a sí mismo que no sabe, que no se le da bien eso de estudiar, que nunca podrá ser un estudiante brillante. Lo malo es que el problema se agrava con su primera consecuencia: si comienza las clases o las horas de estudio con esas perspectivas, ¿qué actitudes tomará? ¿Serán actitudes seguras, positivas, firmes, enérgicas? ¿Reflejarán sus verdaderas posibilidades? Lo más probable es que no.

Cuando una persona está convencida de que va a fracasar, es difícil que encuentre motivos para poner un esfuerzo intenso y constante. Empieza con unas convicciones que subrayan lo que no puede hacer, y esas convicciones refuerzan actitudes de pasividad, de titubeo, de falta de firmeza. Movilizará una parte muy pequeña de sus potencialidades y recursos personales. ¿Qué resultados se derivarán de todo esto? Con toda seguridad, unos resultados mediocres. Y esos resultados mediocres muy posiblemente reforzarán su convencimiento negativo inicial, la mala valoración que esa persona hace de sí misma, que estuvo en el origen del problema: no sirvo para estudiar, y esto no cambiará.

Es éste un ejemplo clásico de espiral descendente, de círculo vicioso de equivocada valoración de uno mismo. Cuando se cae en esa dinámica, el fracaso llama al fracaso. Además, con el paso de los años, al ser mayor el tiempo que han estado privadas de la experiencia de obtener buenos resultados, aumenta cada vez más su convencimiento de que son incapaces de alcanzarlos. Esto les lleva a hacer poco o nada por descubrir y potenciar sus propios recursos. Más bien, suelen tender a buscar la manera de quedarse tal como están haciendo el mínimo esfuerzo posible.

Imaginemos ahora a otra persona (o a esa misma, pero con una actitud diferente). Tiene ilusión y esperanza. Tiene la convicción de que puede hacer rendir mucho más sus talentos. No digo que se crea ser lo que no es, sino que cree que puede sacar más partido a lo que en realidad es. ¿Qué proporción de sus recursos utilizará esa persona? Es indudable que mucho mayor. ¿Qué clase de actitudes tomará? Lo más probable es que sean más animosas, más seguras, con mayor energía. Estará convencida de que llegará más lejos, y pondrá más empeño para lograrlo. Con ese esfuerzo, producirá, con toda seguridad, resultados mejores.

Es una dinámica opuesta al círculo vicioso del que hablábamos antes. En este caso, el avance llama al avance (igual que antes el fracaso llamaba al fracaso). Cuando hay fe y hay esperanza, cada paso adelante genera más fe y más esperanza, y nos anima a avanzar a un paso aún más decidido.

¿Pero es que acaso las personas que piensan así no van a fracasar nunca? ¿Es que basta con estar convencido de poder alcanzar algo para alcanzarlo? ¿No es confundir la ilusión con la realidad? Es evidente que esas personas también fracasarán muchas veces, como todo el mundo. En el camino de la mejora personal, que es el camino hacia la felicidad, si alguien piensa en un avance lineal y sin ningún traspiés, sabe muy poco de la realidad humana. Pero no todo traspiés tiene por qué ser negativo: cabría citar aquí eso de que “quien tropieza y no cae, avanza dos pasos”.

La vida nuestra, nuestra historia personal, o la historia de la humanidad, nos muestra numerosos ejemplos de cómo mantener unas convicciones claras y firmes proporciona siempre a una persona una inagotable fuente de energía. Cuando, en cada pequeña o gran batalla diaria, sale victoriosa, se alegra y sigue adelante; y cuando fracasa, saca experiencia y sigue también adelante poniendo toda su ilusión.

Está claro que hay otros casos, bien distintos, de personas que en su ingenuidad piensan que pueden llegar a donde jamás podrán llegar. Son hombres o mujeres ingenuos, más o menos voluntaristas, mejor o peor intencionados, pero en todo caso muy poco cercanos a su realidad personal y a la realidad que les rodea. No me estoy refiriendo a esos casos, sino a las personas normales y corrientes, que comprenden que la clave de su vida no está en lo que hayan recibido o les haya ocurrido, sino más bien en la interpretación que dan a eso cada día y en lo que hacen en consecuencia.

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La revolución sexual, origen de la sepultura de Europa

Posted by solidaridadmedios en mayo 20, 2020

Cuando en 1951 se comenzó a administrar la píldora en mujeres, siempre con cierto respaldo médico, pero casi siempre indicado para contracepción, la Iglesia se planteó la moralidad de su uso por la repercusión que tendría en las relaciones y el comportamiento de las personas, primero dentro del matrimonio y posteriormente, en la relación social. Pablo VI sentenció entonces que “la Iglesia, en toda su historia, no se había enfrentado a un problema tan grave”.

Sabía entonces ya el Santo Padre que aquella forma de revolución afectaría a la persona mucho más allá que a una costumbre o un error dogmático. Sabía con claridad que afectaría a la antropología y provocaría cambios en el ser humano con unas dimensiones que entonces nadie era capaz de calcular. Pero hoy, sí, porque vemos que la sociedad ha sufrido un laicismo practicante y por lo tanto, una desmoralización de las prácticas personales, profesionales y sociales.

Uno de los efectos directos que ha terminado concluyendo en el mundo es que el ser humano ha permutado la lógica del don por la lógica del deseo. Hemos pasado de ser padres porque Dios nos da ese don a convertirlo en la posible posibilidad de ser padres. Ahora en la más absoluta nota de individualismo y muestra neoliberal del mercado, nos permite acceder a ese deseo por la fecundación in vitro y -en la última tendencia esclavista- por la maternidad subrogada.

Los trasnochados maltusianos, siguen empeñados en convencer, a eso que llamamos el primer mundo, de que no debemos atiborrar la tierra de vida humana porque no hay para todos, señalan sin rubor la pobreza de los países subdesarrollados en los que siguen empeñados en no querer ver que la pobreza no es cuestión de número de hijos, sino de la inacción de ellos, de los países ricos.

La revolución sexual del afamado mayo del 68 solo trajo consigo la libertad del uso del cuerpo porque el resto sigue normalizado, mercantilizado y sometido a legislaciones cada vez menos permisivas que conllevan a medirlo todo. Así que queda el cuerpo, y haz con él lo que tú quieras. Se habló de la utilización de la píldora para regular la paternidad responsable, es decir, teniendo sexo sin hijos. Hoy, hemos llegado a tener hijos sin sexo.

Nos hemos olvidado de que el acto sexual era una relación unitiva cuyo fin era el procreativo, si tenía que serlo. Nos hemos querido engañar creyéndonos a pies juntillas que lo de la paternidad responsable era no tener hijos, y muchos de los matrimonios bien pensantes y algunas ramas del clero lo han practicado y predicado como si tuvieran razón, porque sabían de lo que hablaban -eso se creían, claro-. Cuando el sexo solo es un punto de unión para gozar, un ocio de o con los cuerpos, cosifica a la persona. Solo así tienen sentido la prostitución, la pornografía y la ruptura antropológica. Así, la lógica del deseo es la que da sentido a la homosexualidad, y hasta fomentarla. La revolución sexual es el origen de la sepultura de Europa, olvidando la verdad principal de su origen.

Fuente: Humberto Pérez-Tomé

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Transhumanismo y libertad

Posted by solidaridadmedios en mayo 15, 2020

Marie Pouliquen,  Rialp 2018

El transhumanismo es un concepto que preocupa, al menos a persona sensatas que tienen cierta idea de por dónde van los tiros. Es difícil, para un inexperto, hacerse cargo de lo que ocurre realmente, y hasta qué punto nos puede afectar. Se puede escribir desde un punto totalmente científico que será, normalmente, difícil para profanos. Se ha escrito sobre el transhumanismo desde la antropología, que interesa a aquellos con más conocimientos filosóficos. Pouliquen ha escrito un libro más divulgativo, para que cualquiera pueda internarse en ese mundo que produce, de entrada, un cierto vértigo. Al escribir en 115 apartados -que no capítulos-, encontramos, ya desde el índice, asuntos que pueden interesar a cualquiera.

El transhumanismo es entendido, de un modo general, como mejora-aumento de la persona humana. Esto, ya de por sí, produce una cierta extrañeza. ¿Cómo se aumenta a una persona? Desde un punto de vista moral tenemos claro lo que significa que una persona mejore. Es más, desde un punto de vista cristiano, sabemos que eso es lo importante, porque queremos prepararnos para la vida eterna.

Pero aquí viene otro de los retos de este planteamiento tecnológico: dicen que, a través de la tecnología, el hombre no morirá. Dicho así, sin más, nos suena a auténtica estupidez. Y lo es. Pero hay quien se lo cree. Esto es algo que puede resultar apetecible a un muchacho de veintitantos, pero seguro que le parece terrorífico a uno de sesenta y tantos ¡Inmortales! Pero si llevo toda la vida pensando en ganarme el cielo, diría un creyente y practicante.

La eternidad es un estado trascendente, es decir, que nada tiene que ver con la tecnología, ni con los modos de vivir, ni con la salud. Es vivir junto a Dios, gozando de Él para siempre -o sufriendo su ausencia para siempre-, en una felicidad que no se puede ni imaginar en el tiempo actual. Este tiempo que se termina, pues llegará, en un momento que desconocemos, el juicio final. A esto podemos llegar los creyentes sin demasiado problema.

Si la eternidad fuera algo de aquí, si el hombre, por un perfeccionamiento técnico, no muriera, esa mejoría del hombre máquina impediría la mejoría moral. Si no hay un final y un juicio y una eternidad con Dios, de nada sirve la lucha contra nuestro egoísmo, la generosidad, el amor, en definitiva. Y sin amor y sin lucha se acabaría la libertad y la sociedad sería un desastre. Solo hay libertad en la medida en que el hombre se empeña en conseguir el fin último. La libertad de elección se queda en algo muy pobre si no se busca esa libertad ontológica, libertad de adhesión, que supone un fin último sobrenatural.

Veo, en el autor del libro, un cierto miedo a que la gente pierda la libertad si deja entrometerse a la tecnología en su vida sin orden. Es verdad que los diversos mecanismos que ya utilizamos muchas personas, y los que puedan venir en un futuro cercano, pueden llegar a esclavizarnos, pero es un problema que tendrán sobre todo quienes no saben bien para qué viven.

¿Sacará el transhumanismo de la pobreza al Tercer Mundo? ¿Es socialmente deseable? ¿Se puede llegar a crear un bebé sintético? Son preguntas que quedan en el aire, entre otras muchas cosas, ya que, por muy rápidos que vengan estos descubrimientos de la tecnología, realmente no sabemos hasta donde pueden llegar.

Ángel Cabrero Ugarte

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La colectivización de Stalin y el régimen de Maduro

Posted by solidaridadmedios en mayo 15, 2020

La tragedia de Venezuela, a la que estamos asistiendo cada día, es producto de un régimen político, que por desgracia reproduce, al pie de la letra, errores y situaciones ya vividos en el régimen soviético  de la antigua URSS. Salvando las distancias pues lo ocurrido en el régimen de Stalin fue muchísimo peor,  hay similitudes claras con la Venezuela de Chavez y Maduro que  a continuación vamos a relatar.

Como no podía ser menos, Stalin estrenó su poder escribiendo una de las páginas más negras de la historia rusa. Lanzó a 25.000 «activistas» del partido contra la población rural, con la misión de que los propietarios aportaran «voluntariamente» sus tierras, aperos, ganado etc. a las granjas colectivas (koljoses) o granjas soviéticas (sovjoses). Los granjeros más  ricos fueron declarados kulaks (como antes de la revolución se llamaba a los avarientos prestamistas rurales) y deportados a Siberia o al Asia Central, donde los dejaron sin recursos y la mitad pereció.

El número de kulaks a deportar era, en cada sitio, un determinado porcentaje de la población. Si el activista destinado a un pueblo pobre informaba de que allí no había kulaks, lo abroncaban por falta de «vigilancia revolucionaria» y le exigían que designara víctimas en número suficiente. Si insistía en su negativa, iba él.   La ganadería rusa sufrió un golpe del que aún no se ha repuesto a día de hoy. Se tuvo que obligar a los campesinos a sembrar los campos y recoger la cosecha (que ya no sería para ellos). El rendimiento, obviamente, bajó. 

Pero Stalin, al encontrar una resistencia tan general, reaccionó como el delincuente que era: «¡Los mataré a todos!»    Las cosechas habían bajado, pero Stalin aumentó la exportación.  El trigo preciso se requisó «hasta el último grano», tanto a los koljoses como a las granjas particulares que quedaban. Los que trataron de esconder grano (y los que no también) fueron torturados. Al activista que se negara a participar, lo echaban del Partido (y «se le acababa la vida»). El resultado fue el hambre artificial de 1932-33. El tiempo fue normal, no hubo ni sequías ni inundaciones, pero murieron de hambre entre 6 y 7 millones de campesinos, más que en la hambruna de Lenin.

Y esta vez, no hubo ayuda extranjera: el Telón de Acero se encargó de que en Occidente no se enteraran de lo que ocurría. Fue el llamado Holodomor. Los muertos de hambre en Ucrania pasaron de cuatro millones, pero en el resto del país llegaron fácilmente a tres. Por lo demás, el número total de víctimas fue mayor aún. Hay que añadir millón y medio de kulaks muertos al deportarlos. Otro millón largo por las epidemias y la subalimentación en las ciudades. La mortandad en los campos de concentración. Y si sumamos una cosa y otra, pasamos de los 9 millones e igual llegamos a 10.   

Finalmente, se terminó no solo con «los kulaks como clase», sino con el campesinado como tal. Los que se quedaron en el campo pasaron a ser braceros dirigidos por funcionarios, bajo la amenaza de ver reducidos sus haberes en especie si no se cumplía el plan. Pronto se les privó del derecho a abandonar su tierra, como antaño los siervos de la gleba.

Hoy día Maduro no puede ocultar las cifras de emigrados o damnificados por su régimen, por lo que la presión internacional ha de ser cada vez mayor para evitar el desastre total de una nación con inmensos recursos.

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La Edad Media acabó con la esclavitud

Posted by solidaridadmedios en mayo 14, 2020

El éxito del adjetivo «oscurantista» es una prueba más de la habitual ignorancia de la gente, pues la pretendida oscuridad de la Edad Media está en completa contradicción con el fuego de sus vidrieras y la policromía de sus imágenes, con el colorido alegre de sus vestidos y el audaz diseño de sus zapatos de punta retorcida. Calificar de «oscura» esa permanente explosión de colores y extravagancias es un insulto a la inteligencia. Sin embargo –como explica André Frossard–, generaciones de ignorantes han salido y siguen saliendo de los centros escolares, imaginando la Edad Media como un túnel lleno de murciélagos, aunque la realidad se pareciera más a la mañana de un domingo resplandeciente bajo el sol.

Los críticos de la Edad Media se indignan ante el hecho de que los guerreros combatieran y los verdugos ahorcaran, al tiempo que desprecian al monje por evitar ambas ocupaciones. Habría que explicarles –sugiere Chesterton– que la guerra y la tortura son prácticas mucho más antiguas y universales. También fue más antigua la inmensa lacra de la esclavitud, con la que acabó precisamente la Edad Media. Tras la caída de Roma, los Siglos Oscuros fueron tan esclavistas como la antigua Carolina del Sur, pero el siglo XIV será un siglo de propietarios rurales.

No se había promulgado ley alguna contra la esclavitud, ningún Concilio la había condenado, nadie había librado ninguna guerra contra ella, pero lo cierto es que había desaparecido. Esa transformación sorprendente y silenciosa fue empujada por incontables y anónimos Wilberforces. Si la Edad Media fue la edad de los voluntarios, erradicar la esclavitud «fue probablemente la mayor obra jamás llevada a cabo con voluntarios de ambas partes». Los feudos habían sido en su origen villas romanas, cada una con su propia población de esclavos. La cristianización de la sociedad rebajó las exigencias de los señores a sus esclavos. Esas exigencias se fueron reduciendo hasta convertirse en una serie de derechos o pagos que, una vez satisfechos, permitían al esclavo disfrutar del uso y del producto de la tierra.

Es preciso recordar que muchos de los principales señores feudales eran obispos y abades, con frecuencia de procedencia campesina, y que bajo su cuidado disfrutaban las gentes de una justicia aceptable y de una libertad creciente. En Breve historia de Inglaterra reconoce Chesterton el crecimiento del poder de la Iglesia medieval a expensas del poder del Imperio, y añade que fue el lento desarrollo de ese proceso lo que acabó lentamente con la esclavitud. Aristóteles y los sabios de la Antigüedad habían considerado al esclavo como una herramienta de trabajo.

La transformación de los esclavos en propietarios pasa, durante siglos, por el estadio intermedio de la servidumbre. Ser siervo significaba estar adscrito al servicio de la tierra, pero también protegido por ella. No se le podía desalojar y, por expresarlo en términos modernos, ni siquiera se le podía subir el alquiler. En la citada Historia de Inglaterra también leemos que al propietario de esclavos le ocurrió como a quien clava unas estacas para levantar un cercado y se encuentra con que echan raíces y crecen hasta convertirse en árboles.

Así se transforman las estacas en algo más valioso y menos manejable. La diferencia entre una estaca y un árbol era exactamente la misma que entre un esclavo y un siervo, o incluso un campesino libre. Gracias a una trampa o a un vuelco de la fortuna, que ningún novelista ha osado llevar al papel, aquel prisionero se había convertido en el gobernador de su propia prisión. En cuanto el esclavo pasó a pertenecer a la tierra, era cuestión de tiempo que la tierra le perteneciera a él, como a´si ocurrió.

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La nación española nace con la monarquia visigoda

Posted by solidaridadmedios en mayo 14, 2020

REDACCIÓN SYM

Las raíces de España tienen su origen en una amalgama de pueblos de procedencias diversas. Esos pueblos  originarios que habitaban la península ibérica, fueron perdiendo su diferenciación tribal, creándose poco a poco una conciencia de pueblo único gracias a la romanización y la posterior cristianización.

Fue un proceso que duró más de seis siglos y dotó a los hispanos del sentimiento de pertenencia a una comunidad y la conciencia clara de estar vinculados a un territorio diferenciado: Hispania, con una clara personalidad propia, bastante avanzada culturalmente, que dio a Roma emperadores como Adriano o Trajano.

La llegada del ejército visigodo, que formaba parte de las tropas auxiliares romanas, y su posterior asentamiento  en la península tuvo una importancia capital.  El  proceso de autonomía e independencia del territorio de Hispania respecto al poder central romano, trajo como consecuencia la instauración de  la monarquía visigótica. Este hecho fue crucial y determinante para la cimentación de la identidad de España.

La integración de este pueblo germánico con los habitantes hispanorromanos de la peninsula fue tal que  que mantuvieron el nombre de Hispania, su derecho romano y sus costumbres. Los visigodos unificaron las leyes en el llamado Fuero Juzgo, establecieron su capital en Toledo y asumieron completamente los rasgos culturales romanos gracias a la convivencia con la población hispana.

Un hecho determinante fue la conversión oficial al catolicismo de la monarquía visigoda en el año 589, pues supuso la unificación política y religiosa. Esta unidad, obra de los visigodos en colaboración con la iglesia, será el legado más importante que la Alta Edad Media transmitirá al devenir político del territorio. La nación española nace de forma clara y  patente en ese período.

La invasión islámica pudo haber sepultado la denominación de Hispania sustituyéndola por la que traían los invasores, “Al Andalus” y el legado hispanoromano y visigodo  pudo  ser  arrasado por la irrupción de la nueva cultura y la nueva religión. Pero la resistencia cristiana  nunca olvidó su tradición histórica, religiosa y cultural, que fue precisamente el motor y la fuerza que les llevó a luchar por restaurarla.

Es irrefutable, según los códices medievales que la Reconquista se plantea como restauración del Regnum gothorum, referencia a la unidad política, claramente distintiva e inclusiva de todo el espacio peninsular, perdida en la batalla de Guadalete en 711.
En la figura de Pelayo y en el enfrentamiento bélico de Covadonga, lo relevante es que  se consolidó  esa conciencia histórica y  nacional que poseía ya los grupos de hispanogodos que se refugiaron en las montañas de Asturias.

Según fuentes legendarias, la victoria en la batalla de Covadonga también se habría logrado gracias a la intervención de la Virgen. La Reconquista, por tanto, adquiere carácter de cruzada. Por ello en los frecuentes los relatos de la época, el  elemento sobrenatural está presente: la Virgen, San Millán, San Isidoro, además de la tradición oral, de los  textos latinos que recogían la predicación de Santiago en la península ibérica. El apóstol se convertirá en una imagen que guiará a los ejércitos cristianos en la lucha contra el islam. 

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Defender los derechos de los demás

Posted by solidaridadmedios en mayo 5, 2020

Alfonso Aguiló

Lincoln fue elegido miembro de la Cámara de Representantes del Estado de Illinois en 1834. A pesar de haber nacido en Kentucky, un estado donde se reconocía y ejercía la práctica de la esclavitud, siempre se opuso firmemente a ella. En 1837 fue uno de los dos miembros de la Cámara que firmó una propuesta abolicionista. Elegido miembro del Congreso de los Estados Unidos en 1846, pronto destacó por la formulación de un plan de emancipación gradual en el distrito federal de Columbia.

Al acabar su mandato como congresista federal, en 1849, regresó a Springfield para continuar ejerciendo su profesión como abogado. Pero en 1854, debido a su asombro ante la aprobación de la Ley Kansas-Nebraska, favorable a la esclavitud y promovida por el senador Stephen Arnold Douglas, decidió retornar a la política y se presentó contra él como candidato al Senado Federal, pero fue derrotado.

En 1858 fue de nuevo candidato contra Douglas, y mantuvieron entonces una larga serie de debates entre ambos personajes acerca de la esclavitud. A pesar de que finalmente Lincoln tampoco ganó esas elecciones, aquella confrontación dialéctica resultó memorable y le valió el reconocimiento de buena parte de la opinión pública del país.

En 1860 Lincoln fue nominado como candidato a la Presidencia en una plataforma de reivindicación antiesclavista, e inició una dura campaña en la que tuvo de nuevo a Douglas como uno de sus más duros rivales. Esta vez Lincoln ganó las elecciones por una amplísima mayoría e inició su mandato como Presidente en marzo de 1861. Inmediatamente puso en marcha un programa antiesclavista que culminó con la Proclamación de la Emancipación del 1 de enero de 1863. Tuvo que esperar hasta su reelección, en noviembre de 1864, para obtener los apoyos necesarios para consolidar los efectos de tal medida, y en 1865 se incorporó una Enmienda a la Constitución que aseguraba que ni la esclavitud ni la servidumbre involuntaria existirían nunca en los Estados Unidos ni en ningún territorio sujeto a su jurisdicción.

Ha pasado un siglo y medio desde que tuvieron lugar todos aquellos encendidos debates políticos y sociales sobre la legitimidad de la esclavitud. Lincoln defendía que la esclavitud era injusta en sí misma, mientras que Douglas decía que le era indiferente que el pueblo votara a favor o en contra de ella, mientras se respetara lo que opinara la mayoría. “Dejemos que el pueblo decida, —afirmaba Douglas—, de forma que los ciudadanos de cada estado determinen el estatus esclavista o no de su territorio”.

El fenómeno de la esclavitud es una muestra de cómo pueblos enteros pueden permanecer sumidos durante siglos en errores sorprendentes, y de cuánto ha costado salir de esa ceguera. Es una muestra de que unas verdades resultan más patentes en cierto momento, mientras que otras, igualmente verdaderas, contrarían actitudes y hábitos muy arraigados, y cuesta mucho reconocerlas. Y es una muestra también de que no siempre hay una relación directa entre la verdad y el número de personas a las que esa verdad persuade. Lincoln se movía en un territorio moral más elevado que el simplemente legal de Douglas, y sostenía que la mera mayoría no legitima cualquier decisión, porque ni el 99 por ciento de los votos justifica que se prive de sus derechos humanos al restante 1 por ciento.

Defender los derechos de los indefensos —sean esclavos, no nacidos o personas oprimidas por el motivo que sea— siempre será una causa loable para quienes no ahogan su conciencia en el cómodo refugio de la masa. Y como al final son las mayorías quienes deciden, el hecho de defender al débil, al ausente, a quien es oprimido por la dictadura de las mayorías, a quien no tiene voz ni voto en decisiones que le afectan, todo ese defender los derechos de los demás, es algo que hace más humanas a las personas y a toda la sociedad.

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El dolor de los demás

Posted by solidaridadmedios en abril 30, 2020

Alfonso Aguiló

Cuentan los biógrafos de Buda que en cierta ocasión una madre acudió a él llevando en sus brazos a un niño muerto. Era viuda, y ese niño era su único hijo, que constituía todo su amor y su atención. La mujer era ya mayor, de modo que nunca podría tener otro hijo. Oyendo sus gritos, la gente pensaba que se había vuelto loca por el dolor, y que por eso pedía lo imposible.

Pero en cambio Buda pensó que, si no podía resucitar al niño, podía al menos mitigar el dolor de aquella madre ayudándole a entender. Por eso le dijo que, para curar a su hijo, necesitaba unas semillas de mostaza, pero unas semillas muy especiales, unas semillas que se hubieran recogido en una casa en la que en los tres últimos años no se hubiese pasado algún gran dolor o sufrido la muerte de un familiar. La mujer, al ver crecida así su esperanza, corrió a la ciudad buscando de casa en casa esas milagrosas semillas. Llamó a muchas puertas. Y en unas había muerto un padre o un hermano; en otras alguien se había vuelto loco; en las de más allá había un viejo paralítico o un muchacho enfermo. Llegó la noche y la pobre mujer volvió con las manos vacías pero con paz en el corazón. Había descubierto que el dolor era algo que compartía con todos los humanos.

No se trata de que, ante la desgracia, recurramos al viejo dicho de “mal de muchos consuelo de tontos”, sino de aceptar con sencillez que el hombre, todo hombre, sea cual sea su situación, está como atravesado por el dolor. Se trata de comprender que se puede y se debe ser feliz a pesar de esa presencia constante del dolor: es imposible vivir sin él, pues es una herencia que hemos recibido todos los hombres sin excepción.

Lo que esta anécdota nos enseña es que peor que el dolor mismo es el engaño de pensar que somos nosotros los únicos que sufrimos, o al menos de los que más sufrimos. Lo peor es que el dolor nos convierta en personas egoístas, en personas que sólo tienen ojos para mirar hacia los propios sufrimientos. Percibir con más hondura el dolor de los demás nos permite medir y situar mejor el nuestro.

No es fácil dar respuesta al misterio del dolor. Es verdad que hay algunas explicaciones que nos hacen vislumbrar su sentido, aunque siempre se nos antojan insuficientes ante la tragedia del mal en el mundo, ante el sufrimiento de los inocentes, o ante el triunfo —al menos aparente— de quienes hacen el mal. Es un tema de reflexión de suma importancia, un enigma en el que a mi modo de ver sólo desde una perspectiva cristiana se avanza realmente hacia la entraña del problema, pero ha de ser ésta una reflexión que no nos distraiga de la batalla diaria por percibir y enjugar el dolor de los demás, por disminuirlo, por tratar de hacer de él algo que nos enseñe, que nos haga más fuertes, que no nos destruya.

Me refiero a la batalla contra la desesperanza, contra ese estado anímico que lacera las almas de tantas personas que no encuentran sentido a lo que sucede en sus vidas, que les hace arrastrar los pies del alma, caminar por la vida con el fatalismo sobrecogedor con que un pez recorre los bordes de su pecera. El dolor propio es quizá la mejor advertencia para reparar en el dolor de los demás, manifestarles nuestro afecto y nuestra cercanía, y hacer así más humano el mundo en que vivimos.

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La capacidad del ser humano para rehacerse

Posted by solidaridadmedios en abril 30, 2020

A PESAR DEL CORONAVIRUS PODREMOS REHACER NUESTRAS VIDAS Alfonso Aguiló

Juan Manuel de Prada ha descrito, con su habitual agudeza, el admirable renacer de la ciudad de Dresde, comparable al resurgir del Ave Fénix. La noche del 13 de febrero de 1945, la aviación aliada sobrevoló la capital de Sajonia, como una banda de pajarracos apocalípticos, y descargó sobre ella una sementera de pólvora que la redujo a cenizas y diezmó a sus habitantes. Sesenta mil personas fueron devoradas por la ceguera homicida de las bombas, mientras los palacios e iglesias de la ciudad se desmoronaban estrepitosamente, alumbrando la pira del odio. Se conservan fotografías que retratan la fisonomía de Dresde después de aquella noche pavorosa, con todo su esplendor versallesco reducido a ruinas, entre las que afloran, aquí y allá, como crisantemos calcinados, miles de cadáveres con los ojos aún apresados por el sueño y, sin embargo, abiertos a la epifanía de la crueldad. Los edificios quedaron convertidos en acantilados de pesadilla, entre el fragor del humo y el silencio de la muerte. Aquella noche las aguas del Elba desfilaron con esa lentitud mortuoria de los animales heridos, y la hierba que crece en sus riberas se agostó, condecorada por el luto y la lluvia de ceniza que durante días cayó sobre la ciudad.

Pero la vida es obstinada como un péndulo, y Dresde resucitó de aquella mortandad. Sus habitantes, guiados por ese fervor unánime que enaltece a los perseguidos, supieron sobreponerse a los sucesivos saqueos (primero el nazi, que desvalijó sus pinacotecas por considerar que albergaban un “arte degenerado”; después el del bombardeo de las tropas aliadas; y por último el soviético, que aprovisionó sus museos a costa de los de la ya tan expoliada ciudad), y aquellos hombres desdichados supieron transformar el rencor en un terreno fértil que, sin renegar de la memoria, impulsase su renacimiento. Mediante suscripción popular, las iglesias y palacios fueron nuevamente levantados, hasta que la ciudad recuperó su aspecto primigenio. Hoy, los edificios más emblemáticos de Dresde mezclan, como en un puzzle, las piedras limpias de la restauración con las piedras anteriores a la guerra.

Contemplando ese panorama de pundonor ciudadano, que efectivamente nos recuerda aquel formidable pájaro mitológico que renacía de sus propias cenizas, resalta ante nuestros ojos la capacidad del hombre para rehacerse. Toda persona pasa por situaciones de crisis, en las que todo parece impulsarnos a desistir, en las que abandonarse a la desgracia parece lo más razonable. Son crisis más o menos profundas, y en un sentido amplio podría decirse que todos pasamos cada día por varias de ellas. Son batallas menudas, que van templando nuestro ánimo, en las que aprendemos a tomar esas pequeñas decisiones que forman en nosotros un modo de reaccionar ante lo que nos contraría, en las que afrontamos un contratiempo o nos dejamos llevar por su estela de pesimismo y abatimiento.

Es preciso educar y educarnos en lo que podríamos llamar vitalidad, en la capacidad de rehacernos. Y para ello hay que aprender a controlar esas funciones psíquicas internas que nos proporcionan sentimientos de audacia y de magnanimidad, de entusiasmo y de constancia. Eso es lo inteligente, pues la inteligencia es mucho más que hacer razonamientos o resolver problemas formales. La inteligencia ha de dirigir nuestra motivación, llevar hábilmente la negociación con nuestras limitaciones, y también ha de saber resistirse cuando ve que nos rendimos antes de tiempo. Porque muchas veces admitimos demasiado pronto que no somos capaces de resolver un problema, o que el problema no tiene solución, cuando en realidad el verdadero problema es nuestra precipitada cancelación del esfuerzo.

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La perspectiva de género no fomenta la igualdad sino la confrontación

Posted by solidaridadmedios en abril 28, 2020

La primera revolución sexual tenía por objetivo la liberación sexual; es decir, la eliminación de todas las represiones que, según los partidarios de la revolución sexual, la sociedad había impuesto a través de normas morales y de prohibiciones a la práctica de la sexualidad, para llegar a conseguir la generalización del amor libre. La sexualidad era básicamente una relación biológica, psíquica y somática, pero una relación natural.

La que llamamos segunda revolución sexual parte de la idea matriz, en virtud de la cual, la sexualidad, la relación sexual, expresa una idea de poder, una relación política. La primera revolución transformó la política en sexo; esta segunda ha transformado el sexo en política, convirtiéndola en política sexual. 

Según Foucault, al poder le interesa que haya deseo exacerbado y haya delitos, para seguir manteniéndose en el chollo; todo esto es lo que llama “la astucia del poder”.

Según Simone de Beauvoir, la mujer no nace, se hace. En ello estaba implícita la diferenciación entre el sexo, como dato biológico, y el “ser mujer”, la función social asignada por la cultura a las funciones propias de cada sexo, que posteriormente se daría en llamar género.

La novedad es que el amor, aunque sea en su versión hedonista de “hacer el amor”, ya no es una relación de naturaleza pulsional, libidinosa, gozosa o espiritual, sino un espacio político en el que se manifiesta una relación de poder.

Dicho de otra forma: la sexualidad es un producto que el poder dominante en cada época histórica utiliza para controlar la sociedad de su tiempo. Para ello, el poder elabora tecnologías del sexo, que son las técnicas de control que desarrolla para asegurar su mantenimiento.

La argentina Esther Díaz lo expresa bien: “Las verdades no valen por sí mismas, necesitan un poder que las sostenga. El poder de la verdad no es una metáfora. Únicamente se aceptan como verdaderas las proposiciones que obtienen poder de las prácticas sociales”

Las consecuencias derivadas de la idea de que el sexo es un invento artificial, de la cultura o de la política, pueden ser infinitas. En general, lo que de manera inadvertida se ha impuesto es el empleo de la palabra género por sexo, lo cual no es inocente, porque constituye el propósito intencionado de la llamada ideología de género.

El concepto de género se entiende como “rol”, o conjunto de funciones que la sociedad asigna a cada uno de los géneros.  “El vocablo género no tiene un significado biológico, sino psicológico y cultural. Los términos que mejor corresponden al sexo son macho y hembra, mientras que los que mejor califican al género son masculino y femenino, y estos pueden llegar a ser independientes del sexo biológico”.

Según el feminismo radical,  “Lo que llamamos conducta sexual es el fruto de un aprendizaje que comienza con la temprana socialización del individuo y queda reforzado por las experiencias del adulto”.

Pero pronto se utilizó un término equívoco de género, como producto exclusivo de la cultura, que ha supuesto una auténtica revolución cultural. La ideología feminista radical ha transformado la palabra género en razón de sus intereses estratégicos convirtiéndolo en un concepto valorativo que sirve para desnaturalizar el sexo y convertir el género en el significante, en instrumento o “dispositivo” político de dominación.

A partir de aquí,  existe una radical escisión entre sexo y género, y entre naturaleza y cultura. Esta es la acepción de género que ha implantado la ideología de género, en la que podemos englobar todas las tendencias feministas derivadas del feminismo radical de la igualdad,  que tuvieron un éxito definitivo al conseguir que la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Mujer celebrada en 1995 en Pekín adoptara una resolución en la que se consagró la llamada perspectiva de género. Desde entonces existe una gran confusión respecto de la utilización del término género, y de lo que significa perspectiva de género. En principio, nada tienen que ver la utilización del género por la ideología de género y el uso dado por la ONU o las instituciones europeas.

Pero en las leyes contra la violencia de género que se han ido elaborando estos años en España como respuesta  a la evidente violencia contra la mujer, aparece  la perspectiva nueva del feminismo de sexo-clase, que se basa en la traslación de la lucha de clases marxista a la lucha entre sexos. 

Aunque se denominan acciones legales contra la violencia de género, también  se habla, con frecuencia, de violencia machista; se vuelve a  utilizar la idea de sexo para criminalizar legalmente a uno de ellos, al masculino, (al hombre por el simple hecho de serlo). 

Está probado que existe una clara violencia contra las mujeres, pero la aplicación de estas leyes no sólo no ha evitado, o disminuido esas agresiones y muertes sino que éstas han aumentado con los años. Y una de las razones es demasiado evidente. Al establecerse una confrontación generalizada entre los sexos en la relación de pareja,  la culpabilidad se carga siempre sobre el hombre, sobre cualquier hombre. Como efecto colateral esto está produciendo  un porcentaje elevado de denuncias falsas que pueden estar dinamitando bastantes relaciones familiares, enconando los ánimos y quizá provocando más violencia.

Urge por tanto repensar serenamente las causas  y situaciones que están fomentando esa  violencia contra la mujer, para que nuestros políticos elaboren y apliquen normas legales que atajen de verdad la raíz del problema. Esto sólo puede hacerse dejando a un lado la ideología y el electoralismo y buscando medidas que fomenten sincera y lealmente la paz familiar. 

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