Solidaridad y Medios

Solidaridad integral en los Medios de Comunicación

Respeto a lo sagrado

Posted by solidaridadmedios en enero 30, 2019

En la sociedad actual —escribo glosando ideas de Joseph Ratzinger—, gracias a Dios, se multa a quien deshonra la fe de Israel, su imagen de Dios, sus grandes figuras. Se multa también a quien vilipendia el Corán y las convicciones de fondo del Islam. Sin embargo, cuando se trata de lo que es sagrado para los cristianos, la libertad de opinión aparece como un bien supremo cuya limitación resultaría una amenaza contra la tolerancia y la libertad.

El hecho sorprendente de que en el mundo occidental se castiguen con rigor las afrentas a cualquier religión menos a la cristiana, contrasta de modo notable con las evidentes raíces cristianas de nuestra sociedad, que han favorecido a lo largo de su historia un enorme avance, tanto moral y social como de desarrollo científico y económico. Occidente sufre una extraña falta de autoestima por su historia, por las raíces que le han dado su actual fuerza. Se advierte en esto una especie de complejo, que sólo cabe calificar de patológico, de una sociedad que intenta —y esto es digno de elogio— abrirse llena de comprensión a valores externos, pero que parece no quererse a sí misma; que tiende a fijarse siempre en lo más triste y oscuro de su pasado, pero que no logra percibir los valores de fondo sobre los que se fundamenta.

Nuestra sociedad necesita de una nueva aceptación de sí misma, una aceptación ciertamente crítica y humilde, pero sin caer en el abandono o la negación de lo que le es propio. La multiculturalidad no puede subsistir sin puntos de referencia. Y no puede subsistir, por ejemplo, sin respeto hacia lo sagrado. Se trata de un punto fundamental para cualquier cultura: el respeto hacia lo que es sagrado para otros, y el respeto a lo sagrado en general, a Dios. Y esto es perfectamente exigible también a aquel que no cree en Dios. Allá donde se quebrante ese respeto, algo esencial se hunde en una sociedad, porque la libertad de opinión no puede destruir el honor y la dignidad del otro.

Para las demás culturas del mundo, la profanidad absoluta que se ha ido formando en Occidente es algo profundamente extraño. Están convencidas que un mundo sin Dios no tiene futuro. Por eso es aún más necesario que la multiculturalidad respete y proteja también nuestros valores cristianos, al menos con la misma fuerza con que se abre a otros. Porque el respeto a los elementos sagrados del otro sólo es posible si lo sagrado, Dios, es respetado.

Y los que somos cristianos, ciertamente podemos y debemos aprender de lo que es sagrado para los demás, pero también es deber nuestro mostrar en nosotros el rostro de Dios, de ese Dios que tiene compasión de los pobres y de los débiles, de las viudas y de los huérfanos, del extranjero; del Dios que hasta tal punto es humano que él mismo se ha hecho hombre, un hombre sufriente, que sufriendo junto a nosotros da dignidad y esperanza al dolor.

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Las opiniones de Chesterton sobre el control de natalidad

Posted by solidaridadmedios en enero 30, 2019

En Inglaterra, patria de Malthus, su llamada al control de la natalidad fue especialmente escuchada y defendida por el movimiento feminista. Se trata de un buen ejemplo, dice Chesterton, de que la historia de la humanidad está llena de ideas que se han vuelto locas. Y añade que, con la lógica del birth control, bastaría con cortar cabezas para ahorrarse peluqueros y dentistas.

La misma expresión «control de la natalidad» le parece una cortina de humo para ocultar la verdad: que el control normal y real de la natalidad ha de ser el control de uno mismo. Por entonces, la sociedad capitalista occidental entendía por control lo contrario: que la gente no tuviera control alguno, siempre que pudiera esquivar las consecuencias de su conducta sexual. Por tanto, el nuevo control era el nombre que se daba a los métodos que permiten robar el placer que pertenece a un proceso natural, mientras se frustra de manera violenta y antinatural el proceso.

Chesterton compara esa conducta con la del epicúreo romano que tomaba vomitivos para poder engullir a diario cinco o seis comilonas. Y señala que cualquier persona con sentido común ha de advertir que ese tipo de hábitos van a ser malos para la propia salud y para el propio carácter. En otros tiempos, los seres humanos sabían estas cosas. Hoy, advierte Chesterton, realizamos el esfuerzo persistente y malsano de conseguir placer sin pagar por él: tengamos los placeres de los conquistadores sin los sufrimientos de los soldados. Y añade categóricamente que esto no funciona así, pues hay una emoción que solo es conocida por el soldado que defiende su bandera, por el asceta en su alumbramiento espiritual, por el amante que entrega su libertad. Y es esa disciplina la que hace del compromiso algo verdaderamente valioso.

A Chesterton le asombra la insinuación de que pueda haber algo mezquino en poner como objetivo del matrimonio el nacimiento de un niño. Piensa, por el contrario, que ese gran milagro natural es la parte más creativa, más imaginativa y más desinteresada de todo el proceso. Pues dar vida a un nuevo ser, a una isla de conciencia, de experiencia y de alegría, es un acto inmensamente más grande y divino que el mismo amor entre hombre y mujer. Y mucho más grande que una satisfacción física momentánea. Si pensamos que dar la vida a otra persona no es algo noble, Chesterton nos pregunta por qué va a ser más noble la pura indulgencia con el placer.

Cuando el escritor Alan Herbert defendió en Inglaterra el control de la natalidad, Chesterton lamentó que hubiera caído en la trampa del tópico de moda: el que considera el mayor poder creativo del ser humano –más asombroso que cualquier obra de arte– como si fuera una tarea ingrata y baja, demasiado degradante para ser el fin del matrimonio. «Hay, por supuesto, otros fines que pueden gozar los que no alcanzan el primero, pero soy incapaz de ver por qué los hijos no constituyen el primer fin y el más grande».

Al considerar el rechazo feminista del matrimonio y la familia, Chesterton aboga por el respeto a las relaciones humanas naturales. En la medida en que los hijos son niños, siempre serán «súbditos» de alguien. Y es evidente que la mejor distribución de los súbditos es la natural, «bajo sus príncipes naturales», que normalmente sienten por ellos lo que nadie más sentirá: un amor incondicional. Admite que hay razones para criticar la vida en familia y razones para elogiar la vida en un hotel, pero le sorprende que se pueda sugerir que la ruptura de un hogar supone una liberación. Lejos de ver en ese cambio una ganancia de libertad, piensa que tal ruptura representa exactamente lo contrario. Como todo lo humano, la familia no es perfecta, pero es simple cuestión de aritmética ver que logra la mejor forma de organizar libremente al mayor número de personas, pues hay muchos más padres que profesores, policías o políticos. Y, si consideramos a los padres como príncipes independientes, y a los hijos sencillamente como súbditos, esa distribución natural da la mayor cantidad de libertad al mayor número de súbditos. Por eso, «quienes hablan contra la familia son poco inteligentes: no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen».

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El viaje de Chesterton a Palestina

Posted by solidaridadmedios en enero 30, 2019

En 1920 Chesterton realizó un viaje a Palestina que después de la primera guerra mundial estaba ocupada militarmente por los ingleses al mando del general Allenby. Acudió como corresponsal del Daily Telegraph e invitado expresamente por el citado general. A lo largo de dos meses, Gilbert y Frances su esposa, pudieron rezar a gusto en los Santos Lugares, seguir las huellas de los cruzados, tratar a la colonia judía y admirar sus asentamientos agrícolas.

Encontraron el sol y el calor que buscaban, pero también vieron caer sobre Jerusalén una impresionante nevada, la primera en los últimos diez años. En una semana el manto blanco alcanzó medio metro de altura en las calles. Chesterton tuvo claro entonces que la nieve navideña no era precisamente un invento inglés, sino algo probable cuando Jesucristo nació en Belén.

Aprovechó el viaje de regreso para escribir a su amigo Baring desde Alejandría. Le agradecía las semanas maravillosas pasadas en Palestina, le anunciaba que tenía algo muy importante que comentar con él, y le anticipaba que su pensamiento –no su sentimiento– “tuvo su estallido en la iglesia del Ecce Homo, en Jerusalén”, durante la bendición solemne del Domingo de Ramos. Fue el primer paso en su conversión  total al catolicismo que se produjo en 1922.

     “En primer lugar quisiera decir que mi conversión al catolicismo fue completamente racional (…). Me bauticé en un cobertizo de lata situado en la trasera de un hotel de estación. Lo acepté porque así resultaba mucho más convincente para mi mente analítica.

Cuando la gente me pregunta ¿por qué ha ingresado usted en la Iglesia de Roma?, la primera respuesta es: para desembarazarme de mis pecados. Pues no existe ningún otro sistema religioso que haga realmente desaparecer los pecados de las personas”.

De nuevo en Londres, el resto del año trabajará a destajo en su periódico el New Witness . Los apremios editoriales son resueltos con nuevos libros. En “La Nueva Jerusalén”, bajo la apariencia de un libro de viajes, deja entrever la profunda conmoción del pausado encuentro con su nueva fe.

En “La superstición del divorcio”, despliega su lógica y su ingenio en defensa del matrimonio como institución natural, y como el mejor baluarte de libertad personal. En los años anteriores a la Guerra habían aumentado en Gran Bretaña los suicidios y los divorcios. Con independencia de su calificación moral, Chesterton observa que esos dos consejeros de la desesperación proponen dos curiosas formas de libertad: el final de la vida y el final del amor.

En palabras de Chesterton:

“El divorcio quiere sacrificar lo normal en el altar de lo anormal. Con esa lógica, al desgraciado que no soporta a la mujer que ha elegido, no se le anima a que vuelva y la soporte, sino a que elija otra mujer que, con el tiempo, puede que no soporte tampoco”.

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La admirable labor solidaria de Dickens

Posted by solidaridadmedios en enero 30, 2019

En la primera mitad del XIX, la revolución industrial había generado en Gran Bretaña una multitud de pobres que atestaban los centros de beneficencia. En los hospicios era obligatorio trabajar, se separaba a los maridos de sus mujeres y se dispensaba una escasísima comida. El objetivo era claro: obligar al pobre a encontrar un empleo e impedir su reproducción.

En Oliver Twist, David Copperfield, La pequeña Dorrit o Tiempos difíciles, el novelista denuncia esas lacras con una vigorosa narrativa llena de dramatismo y sentido del humor. Dickens había experimentado lo que es el trabajo de un niño en una fábrica, por seis peniques a la semana. La vergüenza de tener que trabajar en vez de ir a la escuela explica su profunda aversión a la pobreza, los muchos esfuerzos que hizo para huir de ella y la generosidad de su vida y de su obra.

Chesterton aplaudirá las reformas sociales que pide el novelista en sus retablos de personajes inolvidables. Ambos tienen fe en el hombre concreto, dudan de los políticos y creen en el compromiso personal contra los males de la sociedad. Decidido a predicar con el ejemplo, Charles Dickens corrió con los gastos de sus numerosos parientes; dio dinero a gente necesitada; organizó funciones benéficas para las familias de escritores o actores fallecidos; fundó una compañía de teatro y destinó a la beneficencia los fondos recaudados; creó una fundación para escritores y artistas pobres; y, con la administración de la fortuna de una amiga, construyó viviendas para pobres y fundó un asilo para muchachas descarriadas.

Al final de su vida, como un enorme premio, el escritor pudo ver la prohibición del trabajo en las minas a niños menores de diez años y a mujeres, y la reducción de la jornada laboral de los niños, en las fábricas, a diez horas. Tras la publicación de Oliver, los pequeños mendigos recibieron más limosnas en la calle; ingleses ricos recapacitaron e hicieron generosas donaciones; el Gobierno mejoró orfanatos y asilos. Así, la compasión y la benevolencia se acrecentaron en Inglaterra gracias a las historias de un escritor, y también el buen humor y el gusto por una vida salpicada de alegrías sencillas y tranquilas. Dickens nos enseña, dice Chesterton, algo realmente importante: que la camaradería y la alegría no son pequeñas islas en medio de nuestras jornadas; más bien son nuestras jornadas islas en la camaradería y la alegría que, gracias a Dios, han de durar eternamente.

Esos sentimientos, que también son virtudes, brillan especialmente en Navidad, fiesta a la que Dickens dedicó relatos inolvidables y un cuento capaz de conmover y entusiasmar a los lectores más exigentes de todos los tiempos: Canción de Navidad. Uno de esos lectores cautivados fue Stevenson, si hemos de atenernos a su insuperable elogio: “¡Qué hermoso es para un hombre haber escrito libros como esos y llenar de piedad los corazones de las gentes!”. 

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El principio de solidaridad

Posted by solidaridadmedios en enero 30, 2019

La solidaridad confiere particular relieve a la intrínseca sociabilidad de la persona humana, a la igualdad de todos en dignidad y derechos, al camino común de los hombres y de los pueblos hacia una unidad cada vez más convencida. Nunca como hoy ha existido una conciencia tan difundida del vínculo de interdependencia entre los hombres y entre los pueblos, que se manifiesta a todos los niveles

La vertiginosa multiplicación de las vías y de los medios de comunicación «en tiempo real», como las telecomunicaciones, los extraordinarios progresos de la informática, el aumento de los intercambios comerciales y de las informaciones son testimonio de que por primera vez desde el inicio de la historia de la humanidad ahora es posible, al menos técnicamente, establecer relaciones aun entre personas lejanas o desconocidas.
Junto al fenómeno de la interdependencia y de su constante dilatación, persisten, por otra parte, en todo el mundo, fortísimas desigualdades entre países desarrollados y países en vías de desarrollo, alimentadas también por diversas formas de explotación, de opresión y de corrupción, que influyen negativamente en la vida interna e internacional de muchos Estados.

El proceso de aceleración de la interdependencia entre las personas y los pueblos debe estar acompañado por un crecimiento en el plano ético y social igualmente intenso, para así evitar las nefastas consecuencias de una situación de injusticia de dimensiones planetarias, con repercusiones negativas incluso en los mismos países actualmente más favorecidos.
Las nuevas relaciones de interdependencia entre hombres y pueblos, que son, de hecho, formas de solidaridad, deben transformarse en relaciones que tiendan hacia una verdadera y propia solidaridad ético–social, que es la exigencia moral que subyace en todas las relaciones humanas. La solidaridad se presenta, por tanto, bajo dos aspectos complementarios: como principio social y como virtud moral.

La solidaridad es también una verdadera y propia virtud moral, no «un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos. La solidaridad se eleva al rango de virtud social fundamental, ya que se coloca en la dimensión de la justicia, virtud orientada por excelencia al bien común, y en «la entrega por el bien del prójimo.

Existen vínculos estrechos entre solidaridad y bien común, solidaridad y destino universal de los bienes, solidaridad e igualdad entre los hombres y los pueblos, solidaridad y paz en el mundo.
El principio de solidaridad implica que los hombres de nuestro tiempo cultiven aún más la conciencia de la deuda que tienen con la sociedad en la cual están insertos: son deudores de aquellas condiciones que facilitan la existencia humana, así como del patrimonio, indivisible e indispensable, constituido por la cultura, el conocimiento científico y tecnológico, los bienes materiales e inmateriales, y todo aquello que la actividad humana ha producido. Semejante deuda se salda con las diversas manifestaciones de la actuación social, de manera que el camino de los hombres no se interrumpa, sino que permanezca abierto para las generaciones presentes y futuras.

La cumbre insuperable de la perspectiva indicada es la vida de Jesús de Nazaret, el Hombre nuevo, solidario con la humanidad hasta la «muerte de cruz» 
Jesús de Nazaret hace resplandecer ante los ojos de todos los hombres el nexo entre solidaridad y caridad, iluminando todo su significado.

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La soledad moral

Posted by solidaridadmedios en enero 30, 2019

“Aquel chico —contaba el profesor Robert Coles— tenía quince años, le iban muy mal los estudios, y solía pasar horas y horas en su habitación escuchando música con la puerta cerrada.

“Un día le pregunté por su vida y sus problemas, y se negó a hablar de ellos, con un gesto de desdén. “¿A qué se debe ese gesto?”, le pregunté. “A nada”, contestó. “¿Y no será quizá a ti mismo?”, aventuré yo. Al oír eso, se volvió, me miró con atención, y esperó unos segundos antes de musitar: “¿Por qué dice usted eso?”.

“Sentí entonces que me había acercado a un punto importante, y que quizá ese chico estaba bastante cerca de abrir su corazón y dejarse ayudar, pero que también podía de pronto replegarse. Preferí no responder directamente a su pregunta y, con cierta incomodidad, después de haber sufrido su desplante, pero con afecto, le dije: “Me parece que comprendo lo que sientes, y sé que en esos momentos parece que uno no le puede contar nada a nadie, porque uno no sabe bien lo que le pasa, ni qué hacer consigo mismo, ni qué decirse.” El joven se quedó mirando, no dijo nada, pero cuando sacó su pañuelo me di cuenta de que sus ojos habían empezado a humedecerse”.

“Hablamos varias veces, y aquel chico fue saliendo poco a poco de su abismo de desesperación, de su aparente soledad impenetrable. Le resultaba extraordinariamente costoso analizar esa mezcla de sentimientos, dudas, anhelos y heridas interiores, y sobre todo expresarlas en palabras ante otra persona. Poco a poco fue mostrándose como un joven lleno de rencores, muy reservado, desdeñoso de cualquier pauta moral, hipercrítico. Era un brillante observador que detectaba con gran intuición los errores y las falsedades de todo el mundo, pero no podía quedarse ahí y dirigía después su atención sobre sí mismo y se juzgaba también con extremada dureza”.

“Sólo con el tiempo, y necesité bastante, empecé a darme cuenta de que en el fondo buscaba ayuda para evaluar su vida con criterios morales.”

Aquel chico adoptaba una actitud de escepticismo vital, con la que intentaba ocultar que habitualmente se sentía solo, raro, triste y bastante irritado. Mentía, despreciaba a los demás, vivía en medio de una sexualidad precoz y de un abuso del alcohol que le habían llevado a una soledad persistente. Una soledad que no era sólo emocional, sino también moral. Su vida había roto con los valores morales aprendidos en su infancia, y estaba pagando por ello un precio muy alto.

El abandono moral tiene consecuencias muy dolorosas, y eso es así tanto para los que acuden a un colegio de élite como para los que viven en las callejuelas de un suburbio. La ansiedad que acompaña a la falta de sentido, y a la que con frecuencia se añade el abuso del alcohol, o del sexo, o de otras cosas que intentan ocultar esa ansiedad, producen con facilidad situaciones como la que hemos descrito. ¿Y qué se puede hacer? Hay que entenderles, en primer lugar. Y luego hay que ofrecerles algo en lo que creer, algo que les ayude a controlar el impulso, la amargura, el abatimiento y la sensación de inutilidad angustiosa que acosa a todos aquellos que no cuentan con una brújula ética que les oriente en el fondo de sí mismos.

La educación moral es más importante de lo que muchos creen. Es algo de lo que tiene hambre y sed la gente joven, y que intenta denodadamente encontrar. La enseñanza moral más persuasiva es la que se transmite con el testimonio de la propia vida, con nuestra forma de estar con los demás, de hablarles y de relacionarnos con ellos. ¿Cuándo? Cuando damos las gracias a la persona que nos sirve en la cafetería, y procuramos no tratarla con la indiferencia habitual en todos. O cuando procuramos utilizar más las palabras “gracias” y “por favor”, y no de una forma mecánica, superficial y autosuficiente, sino por un deseo auténtico de aprender a romper ese apego a nuestro individualismo, para dirigirnos más a los demás y tratarles con consideración, ser importantes unos para otros, interesarse por sus cosas con tacto y sensibilidad, y expresarles su gratitud por cualquier cosa, aunque sea pequeña.

O cuando perdemos el miedo a reconocer que eso que hacemos está mal, y aunque parezca no hacer ningún mal a nadie al menos nos daña a nosotros mismos. O cuando nos esforzamos en hacer más espacio en nuestro interior para los demás, y ofrecer así un pequeño acomodo para los otros, en vez de vivir absorbidos por nuestra propia importancia. Todo esto crea un estilo de vida, una actitud que facilita el descubrimiento de la verdad moral, y que cala de forma lenta pero efectiva en nosotros y en quienes nos rodean.

Alfonso Aguiló

 

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Las sombras y los miedos

Posted by solidaridadmedios en enero 12, 2019

Es muy interesante la historia de Bucéfalo, aquel caballo que sólo Alejandro Magno era capaz de montar. Todos los que lo intentaban eran incapaces de mantenerse a su grupa más allá de unos pocos segundos. El animal caracoleaba, se encabritaba, y enseguida daba en el suelo con todos sus jinetes. Alejandro supo observarlo con atención y enseguida descubrió el secreto de aquel indómito corcel. Entonces se acercó, agarró las riendas y lo puso frente al sol. Lo acarició, soltó su manto, y de un salto montó sobre él y lo espoleó con energía. Controló los corcoveos, sin dejarle apartarse de la dirección del sol, hasta que el animal se calmó y siguió su marcha a paso lento y tranquilo. Sonaron los aplausos, y dicen los historiadores que al verlo Filipo, su padre, vaticinó que el reino de Macedonia que él poseía se quedaría pequeño para la gloria a la que estaba llamado su hijo.

¿Cuál era aquel secreto que sólo Alejandro supo descubrir? Fue algo muy sencillo. Se dio cuenta de que aquel caballo se asustaba de su propia sombra. Bastaba con no dejarle verla, con enfilar sus ojos hacia el sol para que aquel atormentado animal se olvidase de sus miedos.

El mundo está lleno de personas a las que pasa quizá algo parecido. Personas en apariencia normales y desenvueltas, pero que esconden en su interior toda una serie de miedos y complejos que les encadenan a fracasos y malas experiencias que han sufrido. Muchas de sus energías están paralizadas por esa valoración negativa que tienen de sí mismas. Son rehenes de su propio pasado, hombres o mujeres cuyos temores les impiden enfilar decididamente el futuro y les frenan para llegar a ser lo que están llamados a ser.

Nunca me ha gustado la ingenuidad y la vehemencia con que algunos hablan de la autoestima. Pero sí estoy de acuerdo en que se trata de un problema creciente en nuestros días. Educarse a uno mismo es algo parecido a educar a otro. Para educar a otro hay que exigirle (si no, lo convertiremos en un mimado insufrible), pero también hay que tratarle con afecto, hay que verle con buenos ojos. De la misma manera, para educarse a uno mismo también hay que exigirse, pero a la vez hay que tratarse a uno mismo con afecto, verse con buenos ojos. Sin embargo, hay demasiada gente que se maltrata a sí misma, que se recrimina áspera y reiteradamente sus propios errores, que se juzga a sí misma con demasiada dureza y se considera incapaz de superar sus defectos.

Es verdad que los que no recuerdan sus fracasos del pasado están abocados a repetirlos. Pero hay que hacerlo con equilibrio y sensatez. Porque el fracaso puede tener un valor fructífero, igual que puede haber éxitos estériles. Un fracaso fructífero es el que conduce a nuevas percepciones e ideas que aumentan la experiencia y el saber. Es muy famosa aquella anécdota de Thomas Watson, el legendario fundador de IBM, que llamó a su despacho a un ejecutivo de la empresa que acababa de perder diez millones de dólares en una arriesgada operación. El joven estaba muy asustado y pensaba que iba a ser despedido de modo fulminante. Sin embargo, Watson le dijo: “Acabamos de gastar diez millones de dólares en su formación, espero que sepa usted aprovecharlos”.

No se puede vivir obsesionado por las sombras y asustándose de ellas. Fracasos tenemos todos, todos los días. Lo malo es cuando uno considera que el potro de su vida es imposible de dominar, cuando arroja la toalla en vez de fijarse en cuáles son las verdaderas causas de sus cansancios e inhibiciones. Si examinamos las cosas con cuidado, quizá concluyamos que, como Alejandro, hemos de tomar las riendas con decisión y mantener la mirada de cara hacia el ideal que alumbra nuestra vida.

Alfonso Aguiló

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Chesterton y el divorcio

Posted by solidaridadmedios en enero 12, 2019

El divorcio no solo era aireado en algunos medios de comunicación de la Inglaterra de principios del XX, sino también aplaudido como si fuera una fiesta. Algo que casi merecía las mismas flores y la misma celebración que una boda, con su correspondiente tarta de divorcio, su lista de regalos, muchos brindis alegres y un montón de invitados que se dan cita para ver al marido y a la mujer desaparecer en direcciones opuestas. En 1920 recopiló Chesterton varios de sus artículos periodísticos sobre este tema, los desarrolló y escogió como título “La superstición del divorcio”.

Su optimismo incurable le hizo creer que la nueva moda no arraigaría, y que su ensayo acabaría siendo innecesario. Se equivocó por completo, y hoy es más necesario que nunca recordar sus palabras: “si chocas de noche con un obstáculo, puedes quitarlo de en medio, siempre que no sea el pilar que sostiene el techo sobre tu cabeza”. Para Chesterton, los que quieren ampliar los conceptos de familia y matrimonio abren boquetes en el casco de un barco creyendo que están cavando hoyos en un huerto. La cuestión de si están en un barco o en un huerto la juzgan teórica y abstracta. No imaginan la grandeza de lo que atacan, ni advierten el peligro de sus agujeros. Por eso, facilitar el divorcio le parece tan irresponsable como animar a las personas a tirarse al mar o pegarse un tiro. Piensa que el mundo capitalista está en guerra contra la familia por la misma razón por la que está en guerra contra el sindicato. Y es que el fino olfato de los plutócratas ha descubierto que la familia es el mayor obstáculo para su inhumano progreso. Porque sin familia estamos indefensos ante el Estado, como denuncia el gran Balzac en un párrafo que Chesterton aplaude sin reservas: Al perder la solidaridad de la familia, la sociedad ha perdido esa fuerza elemental que definió Montesquieu llamándola honor. La sociedad ha aislado a sus miembros para gobernarlos mejor, y los ha dividido para debilitarlos. A quienes no ven la estrecha relación entre divorcio y esclavitud, Chesterton les pide que se acuerden de La cabaña del tío Tom y se pregunten si la más antigua y más simple de las acusaciones contra la esclavitud no ha sido siempre la separación de la familia.

Sin entrar en el aspecto religioso, Chesterton advierte la falta de lógica con que se plantea este asunto: puesto que hay matrimonios que desean divorciarse, los divorcistas piden una ley que lo permita. Se trata de un tipo de falacia que nos aboca a ir de mal en peor: como el puente de Londres se ha caído, reconozcamos que los puentes no sirven para unir dos orillas. La verdad, sin embargo, es que el antiguo puente construido sobre las torres de los sexos es la más digna de las grandes obras de la tierra”. En lugar de un debate racional, Chesterton lamenta que solo se oiga una especie de coro sentimental, repitiendo que el matrimonio es amor, y cuando el amor cambia, cuando muere y renace en otra parte, el matrimonio ha de hacer lo mismo. Con toda su razonable simpatía por lo sentimental, semejante planteamiento le parece pura patraña, como si un ladrón dijera que siente reverencia por la propiedad privada, pero piensa robar un Van Gogh que el Barón Tyssen ya no aprecia mucho. Es obvio que este ladrón no entiende lo que significa una ley, ni tampoco una institución.

Porque el matrimonio es una institución jurídica establecida para cumplir ciertas funciones. Y la relación entre esposos, entre padres e hijos, no puede ser disuelta por un mero arrebato sentimental. Los sentimentales están en su derecho de tener los sentimientos que quieran, pero no pueden afirmar que una institución equivale a una emoción. Sentimentales y progresistas tienen razón al esgrimir que en toda familia hay problemas, pero se equivocan al pensar que los problemas se disuelven cuando se disuelve la familia. En realidad, se agrandan. “Si sustituyes la educación natural de los padres por profesionales a sueldo, eres como un loco que se niega a usar gratis el viento o el agua para mover su molino, y contrata para ello a jornaleros”. Al preguntarnos qué es el matrimonio, es posible que caigamos en la cuenta de que se trata de una promesa. Y, si es lógico pedir a un hombre fidelidad a la comunidad que lo ha hecho a él, no es menos lógico pedirle que sea fiel a la comunidad que él ha hecho. No es muy difícil entender que esa pequeña comunidad, especialmente libre en cuanto a su causa, está radicalmente atada en cuanto a sus efectos: ningún otro contrato puede crear niños que hayan de vivir bajo el mismo techo.

Por eso, la fórmula “hasta que la muerte nos separe” no es de ninguna manera irracional, pues los padres morirán antes de ver siquiera la mitad de la vida de esos seres que han engendrado. Si Ricardo o Susana desean destruir su familia porque se han cansado de convivir, Chesterton les aconseja pensarlo mejor. Y les asegura que no tienen derecho a destruirla, ni siquiera a pensarlo, hasta que entiendan bien para qué sirve. Tienen que saber que la familia realiza por amor un trabajo social necesario, imposible de realizar por dinero. Tienen que saber que es el origen de toda sociedad, constituida siempre por un conjunto de reinos pequeños en los que un hombre y una mujer se convierten en rey y reina, y en el que ejercen una autoridad razonable, sujeta al sentido común de la comunidad, hasta que quienes están bajo su cuidado crecen y son capaces de fundar reinos similares. Se trata de la estructura social de la humanidad, mucho más vieja que toda su documentación histórica, y más universal que cualquiera de sus religiones. Por eso, todos los intentos de alterarla son engaño y estupidez.

En otro de los supuestos, Ricardo o Susana pueden querer una familia sin comprometerse, convencidos de que, tarde o temprano, se cansarán del pacto. Temen que, con el tiempo, se conviertan en personas diferentes. Pero es precisamente ese cambio constante –estima Chesterton– lo que constituye la esencia misma de la decadencia, aunque a esa decadencia le demos el nombre de modernidad. Uno de los más serios problemas del mundo romano fue que, por debajo de cierto nivel social, nadie estaba seguro en cuestiones de genealogía y paternidad. Por eso, “cuando las esclavas cristianas empezaron a defender su dignidad hasta llegar a la muerte, empezó un mundo nuevo”. Chesterton sonríe cuando escucha que el compromiso matrimonial es un yugo impuesto a la humanidad por el diablo, pues en realidad es un yugo que quienes se aman se imponen a sí mismos. La expresión “amor libre” es contradictoria, porque la naturaleza del amor es atarse a sí mismo, y la institución del matrimonio no hace otra cosa que respetar la decisión de dos personas libres, tomando en serio su palabra.

Prometerse y dejar al mismo tiempo una escapatoria, una posibilidad de retirada, le parece a Chesterton un engaño esterilizador del amor. Sabemos que hablaba por experiencia. Los contrastes entre el caótico escritor y su meticulosa esposa fueron muchos y grandes, pero la convivencia fue siempre buena. Su propio matrimonio le proporcionará esta simpática argumentación: “Siendo niño escuché que en Estados Unidos era posible obtener un divorcio por incompatibilidad de caracteres. Pensé que era un chiste. Ahora he descubierto que es verdad, y me parece más que un chiste. Si los casados pueden divorciarse por incompatibilidad de caracteres, no entiendo por qué no se han divorciado todos. Por la misma definición del sexo, cualquier hombre y cualquier mujer tienen caracteres incompatibles. Y precisamente de eso se trata al casarse. Más aún, de ahí resulta lo más divertido de ese compromiso. Uno no se enamora de una persona compatible. Estoy preparado para apostar que nunca un matrimonio ha tardado más de una semana en descubrir su incompatibilidad de temperamento, y que una buena y sólida incompatibilidad es garantía de estabilidad y felicidad”.

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Respeto a lo sagrado

Posted by solidaridadmedios en enero 12, 2019

En la sociedad actual —escribo glosando ideas de Joseph Ratzinger—, gracias a Dios, se multa a quien deshonra la fe de Israel, su imagen de Dios, sus grandes figuras. Se multa también a quien vilipendia el Corán y las convicciones de fondo del Islam. Sin embargo, cuando se trata de lo que es sagrado para los cristianos, la libertad de opinión aparece como un bien supremo cuya limitación resultaría una amenaza contra la tolerancia y la libertad.

El hecho sorprendente de que en el mundo occidental se castiguen con rigor las afrentas a cualquier religión menos a la cristiana, contrasta de modo notable con las evidentes raíces cristianas de nuestra sociedad, que han favorecido a lo largo de su historia un enorme avance, tanto moral y social como de desarrollo científico y económico. Occidente sufre una extraña falta de autoestima por su historia, por las raíces que le han dado su actual fuerza. Se advierte en esto una especie de complejo, que sólo cabe calificar de patológico, de una sociedad que intenta —y esto es digno de elogio— abrirse llena de comprensión a valores externos, pero que parece no quererse a sí misma; que tiende a fijarse siempre en lo más triste y oscuro de su pasado, pero que no logra percibir los valores de fondo sobre los que se fundamenta.

Nuestra sociedad necesita de una nueva aceptación de sí misma, una aceptación ciertamente crítica y humilde, pero sin caer en el abandono o la negación de lo que le es propio. La multiculturalidad no puede subsistir sin puntos de referencia. Y no puede subsistir, por ejemplo, sin respeto hacia lo sagrado. Se trata de un punto fundamental para cualquier cultura: el respeto hacia lo que es sagrado para otros, y el respeto a lo sagrado en general, a Dios. Y esto es perfectamente exigible también a aquel que no cree en Dios. Allá donde se quebrante ese respeto, algo esencial se hunde en una sociedad, porque la libertad de opinión no puede destruir el honor y la dignidad del otro.

Para las demás culturas del mundo, la profanidad absoluta que se ha ido formando en Occidente es algo profundamente extraño. Están convencidas que un mundo sin Dios no tiene futuro. Por eso es aún más necesario que la multiculturalidad respete y proteja también nuestros valores cristianos, al menos con la misma fuerza con que se abre a otros. Porque el respeto a los elementos sagrados del otro sólo es posible si lo sagrado, Dios, es respetado.

Y los que somos cristianos, ciertamente podemos y debemos aprender de lo que es sagrado para los demás, pero también es deber nuestro mostrar en nosotros el rostro de Dios, de ese Dios que tiene compasión de los pobres y de los débiles, de las viudas y de los huérfanos, del extranjero; del Dios que hasta tal punto es humano que él mismo se ha hecho hombre, un hombre sufriente, que sufriendo junto a nosotros da dignidad y esperanza al dolor.

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Las opiniones de Chesterton sobre el control de natalidad

Posted by solidaridadmedios en enero 12, 2019

En Inglaterra, patria de Malthus, su llamada al control de la natalidad fue especialmente escuchada y defendida por el movimiento feminista. Se trata de un buen ejemplo, dice Chesterton, de que la historia de la humanidad está llena de ideas que se han vuelto locas. Y añade que, con la lógica del birth control, bastaría con cortar cabezas para ahorrarse peluqueros y dentistas.

La misma expresión «control de la natalidad» le parece una cortina de humo para ocultar la verdad: que el control normal y real de la natalidad ha de ser el control de uno mismo. Por entonces, la sociedad capitalista occidental entendía por control lo contrario: que la gente no tuviera control alguno, siempre que pudiera esquivar las consecuencias de su conducta sexual. Por tanto, el nuevo control era el nombre que se daba a los métodos que permiten robar el placer que pertenece a un proceso natural, mientras se frustra de manera violenta y antinatural el proceso.

Chesterton compara esa conducta con la del epicúreo romano que tomaba vomitivos para poder engullir a diario cinco o seis comilonas. Y señala que cualquier persona con sentido común ha de advertir que ese tipo de hábitos van a ser malos para la propia salud y para el propio carácter. En otros tiempos, los seres humanos sabían estas cosas. Hoy, advierte Chesterton, realizamos el esfuerzo persistente y malsano de conseguir placer sin pagar por él: tengamos los placeres de los conquistadores sin los sufrimientos de los soldados. Y añade categóricamente que esto no funciona así, pues hay una emoción que solo es conocida por el soldado que defiende su bandera, por el asceta en su alumbramiento espiritual, por el amante que entrega su libertad. Y es esa disciplina la que hace del compromiso algo verdaderamente valioso.

A Chesterton le asombra la insinuación de que pueda haber algo mezquino en poner como objetivo del matrimonio el nacimiento de un niño. Piensa, por el contrario, que ese gran milagro natural es la parte más creativa, más imaginativa y más desinteresada de todo el proceso. Pues dar vida a un nuevo ser, a una isla de conciencia, de experiencia y de alegría, es un acto inmensamente más grande y divino que el mismo amor entre hombre y mujer. Y mucho más grande que una satisfacción física momentánea. Si pensamos que dar la vida a otra persona no es algo noble, Chesterton nos pregunta por qué va a ser más noble la pura indulgencia con el placer.

Cuando el escritor Alan Herbert defendió en Inglaterra el control de la natalidad, Chesterton lamentó que hubiera caído en la trampa del tópico de moda: el que considera el mayor poder creativo del ser humano –más asombroso que cualquier obra de arte– como si fuera una tarea ingrata y baja, demasiado degradante para ser el fin del matrimonio. «Hay, por supuesto, otros fines que pueden gozar los que no alcanzan el primero, pero soy incapaz de ver por qué los hijos no constituyen el primer fin y el más grande».

Al considerar el rechazo feminista del matrimonio y la familia, Chesterton aboga por el respeto a las relaciones humanas naturales. En la medida en que los hijos son niños, siempre serán «súbditos» de alguien. Y es evidente que la mejor distribución de los súbditos es la natural, «bajo sus príncipes naturales», que normalmente sienten por ellos lo que nadie más sentirá: un amor incondicional. Admite que hay razones para criticar la vida en familia y razones para elogiar la vida en un hotel, pero le sorprende que se pueda sugerir que la ruptura de un hogar supone una liberación. Lejos de ver en ese cambio una ganancia de libertad, piensa que tal ruptura representa exactamente lo contrario. Como todo lo humano, la familia no es perfecta, pero es simple cuestión de aritmética ver que logra la mejor forma de organizar libremente al mayor número de personas, pues hay muchos más padres que profesores, policías o políticos. Y, si consideramos a los padres como príncipes independientes, y a los hijos sencillamente como súbditos, esa distribución natural da la mayor cantidad de libertad al mayor número de súbditos. Por eso, «quienes hablan contra la familia son poco inteligentes: no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen».

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