Solidaridad y Medios

Solidaridad integral en los Medios de Comunicación

Un aprendizaje esencial: “saber que la conducta esta sujeta a unos límites”

Posted by solidaridadmedios en septiembre 26, 2017

rabietasLos hijos, para poder crecer de una manera armónica y equilibrada, necesitan tener delante unos modelos de conducta que les den seguridad. Hay pocas cosas peores para ellos que unos padres pusilánimes y vacilantes, que no saben a qué atenerse a la hora de educar.
Los niños necesitan normas para poder funcionar, ya que éstas les hacen sentirse más seguros. Está comprobado que, en los colegios, los profesores más duros y exigentes, siempre y cuando esa dureza y exigencia sean razonables y adecuadas, son con mucha diferencia los más estimados por sus alumnos, ¿no lo sabían? De igual manera, los niños necesitan tener unos padres que les exijan con cariño.

Nuestros hijos experimentan con las normas.  Tal actitud es necesaria para su formación como personas. Por ello, es normal que cuestionen el porqué de tal o cual norma, que se rebelen alguna vez y que protesten. Todo esto, como decimos, es necesario y normal, y es, además una oportunidad educativa. Lo decimos porque con los hijos hay que razonar, siempre a su nivel, claro está, los motivos que nos mueven a imponer determinada norma en casa. Al explicarles a solas y sin enfados estas razones que nos mueven, estamos formándoles y haciéndoles ver que tales normas son buenas y por tanto, deben ser aceptadas por todos. De esa manera, estamos formando su conciencia.

Por otra parte, la existencia de unos limites y normas aceptadas por todos supone también la asunción de que no da igual incumplirlas. Cuando tienes asumido que una cosa es buena y necesaria, si la incumples, tu conciencia te dice que has actuado mal. Y cuando se incumple deliberadamente una norma, hay que atenerse a algún tipo de consecuencia y no quejarse por ella, y eso es algo muy educativo. Por ejemplo, si su hijo no ha querido hacerse la cama antes de ir a colegio, sabrá que, al llegar a casa será lo primero que tendrá que hacer… No podemos olvidar que una exigencia básica del orden moral es la obligación, a la que todos estamos sujetos, de tratar de reparar el mal que hayamos podido causar con nuestros actos.

Los límites son, pues, esos pilares esenciales para que el niño pueda moverse dentro de ellos de manera segura y protegida. ¿Qué puede ocurrir si no se ponen límites a los hijos? Ya lo hemos venido diciendo: cuando el niño está demasiado consentido y no es educado en unos límites, crecerá como un pequeño salvaje.
Se convertirá en un tormento, tanto para sus padres como para sus profesores. Será un niño que trata de salirse siempre con la suya, tal y como ha venido haciendo desde pequeño. No sabrá aceptar un NO por respuesta, y protestará con todas sus fuerzas contra cualquier imposición que se le intente marcar. Tendrá el defecto de querer ser siempre el centro de todo y vivirá pendiente de sus deseos y al margen de los de los demás. Su tolerancia a la frustración será muy pequeña.

Si el niño tiene hasta unos 5-6 años, esta conducta se manifiesta en rabietas frecuentes y previsibles. Claro que las rabietas, normales en un niño de hasta cuatro años, tienden a ir despareciendo progresivamente, de modo que, si persisten en un niño de ya seis años debemos preguntarnos el porqué. Las rabietas se dan cada vez que el niño ve frustrado un deseo y sufre un ataque de rabia que no es capaz de controlar. Los niños pequeños, como aún son por naturaleza bastante egocéntricos, tienen menor tolerancia a la frustración de los deseos, y eso es algo que hemos de tener en cuenta.

Todos los niños tienen alguna rabieta; sin embargo, cuando son éstas constantes y predecibles, es porque el niño, inconscientemente, está poniendo a prueba a sus padres, para comprobar si mediante ellas puede lograr el capricho que desea. En tales casos, lo peor que podemos hacer es ceder, no lo olvidemos. Si cedemos una vez, volverá a hacerlo una y otra vez, no lo duden. Hemos de ser coherentes y firmes, pues, de lo contrario, desconcertamos a nuestros hijos.

Pablo Garrido

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La envidia, la vanagloria y la arrogancia no son compatibles con el cariño familiar

Posted by solidaridadmedios en septiembre 26, 2017

familia unidaLa envidia es una tristeza por el bien ajeno. No nos interesa la felicidad de los demás, ya que estamos exclusivamente concentrados en el propio bienestar. Mientras el amor nos hace salir de nosotros mismos, la envidia nos lleva a centrarnos en el propio yo. El verdadero amor valora los logros de los demás, no los ve como una amenaza. Acepta que cada uno tiene cualidades  diferentes y distintos caminos en la vida y por ello, procura descubrir su propio camino para ser feliz, dejando que los demás encuentren el suyo.

El cariño verdadero nos hace valorar a cada ser humano, reconociendo su derecho a la felicidad. Al mismo tiempo nos lleva a rechazar la injusticia y el hecho de que algunos tengan demasiado y otros no tengan nada.

La vanagloria es el ansia de mostrarse como superior para impresionar a otros con una actitud pedante y algo agresiva. Quien ama, no sólo evita hablar demasiado de sí mismo, sino que además, porque está centrado en los demás, sabe pasar desapercibido y no pretende ser el centro.

La arrogancia indica algo más sutil. No es sólo una obsesión por mostrar las propias cualidades, sino que además se pierde el sentido de la realidad. Se considera más grande de lo que es, porque se cree más que los demás. Es decir, algunos se creen grandes porque saben más que los demás, y se dedican a exigirles y a controlarlos, cuando en realidad lo que nos hace grandes es el amor que comprende, cuida, protege al débil. 

A veces ocurre que  los supuestamente más formados o con más estudios dentro de su familia, se vuelven arrogantes e insoportables. La actitud de humildad aparece aquí como algo que es parte del amor, porque para poder comprender, disculpar o servir a los demás de corazón, es indispensable sanar el orgullo y cultivar la humildad.

En la vida familiar no puede reinar la lógica del dominio de unos sobre otros, o la competición para ver quién es más inteligente o poderoso, porque esa lógica acaba con el amor. (1)

(1) Fuente Amoris Laeticia

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Buscar la verdad en todo

Posted by solidaridadmedios en septiembre 26, 2017

libertad2Quienes buscan la verdad la encuentran siempre. Pero la condición humana puede, libremente, aceptarla o rechazarla, ya que puede entorpecer los proyectos personales.
Se permanece en el error porque alimenta la soberbia y da facilidades para vivir como irracionales. De esta forma todo es relativo, no hay leyes inmutables, valores intangibles o valores inalienables.

En esta situación el hombre olvida que la libertad depende, fundamentalmente, de la verdad. “La verdad os hará libres”, cuando nos adherimos a la verdad, ésta libera a la razón y a la voluntad, nos permite vivir con autenticidad.
Socialmente la verdad es más atractiva que la mentira. Allí donde reina la sinceridad y la veracidad son posibles las relaciones auténticamente humanas entre las personas.

El error oscurece la inteligencia y divide la voluntad. La mentira es una verdadera violencia hecha a los demás, es funesta y socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones sociales.
Torcer la realidad en la desinformación; omitiendo un aspecto, ocultando un hecho que influye, decisivamente, en la valoración de la realidad. Una verdad a medias puede calificarse de mentira. Sabemos que la verdad se impone por sí misma.

Los obstáculos que frenan la difusión de la verdad son la cobardía, la comodidad o la desidia que dificultan hablar o escribir en la transmisión de una información veraz, tenemos el ejemplo de Catalina de Siena que supo decir la verdad, las grandes verdades, al mundo entero.

La verdad que revolotea como una cantinela al libre albedrío nos hará libres porque la libertad alcanza su genuino sentido cuando actúa al servicio de la verdad. La libertad lleva a una gran responsabilidad que endereza toda la vida. El hombre sin libertad es como “las nubes sin agua, llevadas de aquí para allá por los vientos, árboles otoñales, infructuosos, dos veces muertos, sin raíces”. En ese oscuro abismo, todo es opresión.

“¡Oh, libertad, encanto de mi existencia!, sin ti el trabajo es tortura y la vida una larga muerte”, dijo Pierre-Joseph Proudhon, filósofo, político y revolucionario francés.

Clemente Ferrer

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La máxima libertad nace del máximo rigor

Posted by solidaridadmedios en septiembre 26, 2017

Libertad1Dice Juan Jacobo Rousseau que cuando el niño nace, grita: “no quiero que me  envuelvan”. Pero lo envuelven lo mismo. “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales”, dice Rousseau. Nacen sí, pero no permanecen; ¡pobres de ellos si permanecieran!. En seguida la madre, con un perverso instinto antiliberal, empieza a establecer entre ella y el bebé toda clase de vínculos; y nótese bien que la palabra vínculos en latín significa cadenas.

El ser humano es un esencial buscador de cadenas: juramentos de amor, contrato matrimonial, votos religiosos, promesas de fidelidad eterna, férrea disciplina militar, jurídica construcción de leyes, constituciones y cartas magnas, lealtad al jefe, fidelidad al amigo, apego a la tierra natal…, donde quiera que el hombre puede encontrar una cadena  que lo libere de su esencial cambiabilidad y contingencia  y que lo ate a un algo permanente, como un náufrago a un mástil, allí se siente feliz y noble.

Y lo más fenomenal es que se siente libre.  Todo esto milita fundamentalmente en contra de un libro de Rousseau llamado  “el contrato social”.  Lo peor es que otro libro de Rousseau, “el Emilio”, es más dudoso que éste. Según él, el niño, al llegar a la edad de la escuela, es un ser que ama lavarse la cara, le gusta estar limpio, le encanta ir al colegio y aprender todas las cosas, empezando por la botánica en los libros.

Pero resulta que al niño real le gusta el barro, andar por la calle, pelearse con otros y aprender todas las cosas por sí solo. Cuando el maestro desesperado le dice que es un desastre y que es un sinvergüenza, todo rapaz que se respeta, y que no es un enfermo ni un tonto, le contesta con otra frase de Rousseau que es el núcleo de toda la doctrina liberal, inventada por este célebre autor:”¡Déjame en paz!”.

Se trata de un loco. Un loco es el ser menos libre que existe, aunque parezca lo contrario,  aunque ande suelto, porque el loco está agarrotado por adentro… Pero este Rousseau fue un loco de los más peligrosos, porque era un loco que sabía muy bien el francés y, además, como todo loco, la mímica imitativa. Un loco, además de ser un mentiroso nato, es un miedo ambulante de que lo encierren y un permanente escrúpulo de hacer mal en cualquier cosa que hace. Para reaccionar contra estos  dos afectos matadores, Rousseau inventó la teoría del “¡Dejadme en paz!” y la teoría de la bondad esencial del hombre; definió que todo lo que él hacía era necesariamente bueno. Sólo un hombre obseso es capaz de escribir esa minuciosa descripción de las insignificancias y las suciedades de su vida envueltas en un vaho acaramelado con resabio a chinche y ropa sucia, que hoy nos causa repulsión; pero en su momento y ambiente,  produjo un efecto considerable.

La verdadera libertad es un estado de obediencia. El hombre se liberta de la corrupción de la carne obedeciendo a la razón,  se liberta de su infecundidad solitaria obedeciendo a la vida, y de su misma vida caduca y mortal se liberta, a veces, perdiéndola en obediencia a Aquel que dijo: “Yo soy la Vida”. 

“La máxima libertad nace del máximo rigor”dijo Leonardo da Vinci: porque el hombre es más libre a medida que es más fuerte  y la obsesión de la libertad es la prueba de la máxima debilidad, que es la debilidad de la mente.  Esa obsesión de la libertad propia de un loco, vino a servir maravillosamente a las fuerzas económicas que en aquel tiempo se desataron; y al poder del Dinero y de la Usura, que también andaban con la obsesión de que los dejasen  en paz. Los dejaron en paz: triunfaron sobre el alma y la sangre, la técnica y la mercadería; y se inauguró en todo el mundo una época en que nunca se ha hablado tanto de libertad  y nunca el hombre ha sido en realidad menos libre.

Fuente: Leonardo Castellani

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La fuerza de las altas expectativas que ponemos en los demás

Posted by solidaridadmedios en septiembre 26, 2017

tener altas expectativas del otroCorría el curso 1968-69, en un colegio de California. El Doctor Robert Rosenthal cerró su portafolios y se dirigió a un grupo de profesores que le escuchaba con atención: «Los resultados de las pruebas realizadas no dejan lugar a dudas. Estoy en condiciones de asegurarles que este 20 por ciento de alumnos que les he señalado tiene unas capacidades intelectuales superiores a lo normal». Los profesores tomaron buena nota de todo aquello y regresaron a su trabajo habitual. Ocho meses más tarde, las calificaciones finales arrojaban un resultado contundente: el rendimiento de ese grupo de alumnos teóricamente más inteligente era notoriamente superior al del resto.

La anécdota, y su conclusión, parecen obvias. Pero hay un pequeño detalle: Rosenthal había elegido ese 20 por ciento de alumnos al azar.

El experimento de este profesor de Harvard es bastante conocido en el mundo de la educación. Lo que había mejorado el rendimiento de esos alumnos no eran sus aptitudes naturales, sino las altas expectativas de sus profesores y la mayor atención que —quizá inconscientemente— todos les habían dedicado. A su vez, los propios alumnos, conscientes de que se esperaba más de ellos, también se habían esforzado más.

La manera en que nos relacionamos con los demás, sean alumnos, hijos o colaboradores, condiciona enormemente su rendimiento personal. El mero hecho de saber que alguien espera mucho de nosotros, y que confía en que seremos capaces de conseguir algo —aunque sean capacidades para las que no estamos realmente muy dotados—, supone un estímulo grande y añade una energía que nos lleva a alcanzar metas superiores.

Cuando se confía en el potencial de desarrollo de las personas, esa relación transmite confianza y seguridad, genera una motivación especial para superar obstáculos y llegar a más. “Trata a una persona como parece que es y seguirá siendo como siempre ha sido. Trátala como puede llegar a ser y se convertirá en quien realmente es”, decía Goethe. En contra de eso está el fácil recurso de ir a lo seguro, de contar con quien siempre hemos contado, con resultados probados, atendiendo sobre todo al corto plazo y evitando la complicación que suele suponer la tarea de descubrir nuevas personas, o de descubrir nuevos talentos en las personas que ya conocemos. Esa actitud puede deberse a la pereza, a la desconfianza o al escepticismo, pero las consecuencias son casi siempre la frustración de numerosas potencialidades en las personas.

La imagen que cada uno tiene de sí mismo es en gran parte un reflejo de lo que en él ven los demás. Por eso las expectativas que ponemos en una persona pueden llegar a cambiar mucho a esa persona, mejorando o empeorando su motivación personal. Por eso hay que desconfiar un poco de nuestra “intuición profesoral”, que a veces se jacta de presentimientos o impresiones del tipo de “yo sé cómo es una persona al primer golpe de vista”, o “yo ya veo desde el primer momento quién vale y quién no”, u otros juicios apresurados en los que atribuimos a un pequeño dato o a una corazonada el valor de una sentencia (que con frecuencia luego se cumple, no por nuestra intuición sino por la fuerza del prejuicio).

Para ayudar de verdad a los demás hay que aprender a valorar a la gente. Somos más transparentes de lo que pensamos, y por eso no basta con la estrategia de simular unas expectativas, sino que hay que cambiar nuestra mente para ver con mejores ojos a los demás. Porque si una persona tiende a valorar en poco a los demás, tenderá a tratarles con poca consideración, a pensar mal de ellos, a hablar mal de ellos y, en definitiva, a dificultar que desarrollen el talento que tienen.

Alfonso Aguiló

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En la educación de nuestros hijos es necesaria la constancia, la firmeza y la autoridad

Posted by solidaridadmedios en septiembre 26, 2017

padres que educan malHemos de tener muy, muy claro que para educar no basta con mostrar amor, ternura, cariño y paciencia. Hace falta, además de todo esto, constancia, firmeza y autoridad para marcar unas líneas de conducta claras y no negociables. Por favor, seamos sensatos: hay una serie de cosas que ni se discuten ni se negocian con los hijos. Por ejemplo, si comemos o no verdura; si echamos o no la siesta; si hacemos o no los deberes; si vemos o no la tele; si nos acostamos ahora o dentro de media hora…Las normas deben ponerlas los padres, con cierta flexibilidad y sentido común, evidentemente. Y lo que deben hacer los padres es motivar y convencer a los hijos para que asuman y admitan esas normas, ya que son buenas para ellos y no son un capricho de los padres.

Si los hijos ven que sus padres no ceden en esas normas esenciales, ellos mismos se darán cuenta de que no merece la pena enfrentarse ni discutir sobre ellas. Pero, al contrario, si perciben debilidad o inconsecuencia en nosotros, tratarán de imponer ellos las suyas, no lo duden. Eso mismo pasa en las aulas: en ellas no hay alternativa, o se hace lo que quiere el profesor o se hace lo que quieren los alumnos. Cuando sucede esto último, la clase se convierte en un infierno.

Muchos padres de hoy en día se hallan un tanto confusos y no saben qué rumbo tomar en la educación de sus hijos. Por una parte, rechazan la rigidez con la que les educaron sus padres a ellos; por otra, no saben ofrecer unas orientaciones claras ya que ellos tampoco las tienen en su propia vida. Esa deriva les hace ser inconstantes y volubles, ya que prefieren eso a ser tachados de autoritarios o antipáticos. Parece que hay padres que tienen miedo de ser exigentes con sus hijos, no sea que se traumaticen o bien sientan rechazo hacia ellos. De ahí que se conviertan en amiguetes o cómplices de sus hijos, renunciando de esa manera a su tarea esencial de padres y educadores.

Algunos de ellos piensan que no negando nada a sus hijos se los ganarán más fácilmente, lo cual es una equivocación. Los niños necesitan sentirse seguros bajo el amparo de unos padres que saben lo que quieren.
Otros padres caen en el defecto contrario, que es el de la sobreprotección. Bien sea por temor o por falta de confianza en sus hijos, les rodean de todo tipo de cuidados y atenciones, a fin de evitarles los problemas y los sufrimientos. Están todo el día pendientes de ellos, les hacen los deberes, les dejan quedarse en casa sin ir al colegio solo porque les duela un poco a cabeza, etc. Esto, evidentemente, tampoco es bueno para los hijos, ya que les hace ser mimados, caprichosos e inseguros. Son padres que ponen un límite protector en torno a la vida de sus hijos para que nada malo les afecte o les dañe, lo cual, evidentemente, no es educar, sino malcriar.

Otros padres, por desgracia, están tan ocupados en su trabajo que no tienen casi tiempo para sus hijos, de los cuales se ocupan las niñeras primero y luego los profesores. Tales padres, solo hacen con sus hijos planes placenteros y gratos, y, siempre que pueden, les hacen grandes regalos materiales con los que compensar y acallar sus remordimientos de conciencia. Todo ello, evidentemente, es pésimo para los hijos.

Hay otros padres que no son coherentes a la hora de exigir normas y límites a sus hijos, ya que no las viven ellos mismos. Por ejemplo, hay padres que gritan pero dicen a sus hijos que no lo hagan ellos; o padres que tienen una tele en su dormitorio pero luego regañan a sus hijos por ver demasiado la tele…

Pablo Garrido

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Anthony Hopkins habla de su infierno con el alcohol

Posted by solidaridadmedios en agosto 30, 2017

El famoso actor británico Anthony Hopkins está considerado como uno de los mejores actores del momento[ ]. Entre sus películas más importantes se encuentran The Elephant Man (El hombre elefante), Drácula de Bram Stoker, Leyendas de pasión, Lo que queda del día, Regreso a Howards End, La Máscara del Zorro, The World’s Fastest Indian, Hearts in Atlantis, Nixon y Fracture, entre otras. En 2003 recibió una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood.

A sus 79 años declara Hopkins: “Yo bebía porque era inseguro respecto a mí mismo, y me convertí en adicto. No podía parar de beber. Ahora, cuando pienso en esos días, los considero en cierta medida como una bendición, porque gracias a aquello por lo que pasé y a que pude superarlo, ahora soy una persona fuerte pero a la vez compasiva. Nadie puede imaginarse lo sola que se siente la gente que está metida en el alcoholismo, lo absolutamente solo que me sentía yo”.

Anthony HopkinsTambién el alcoholismo sigue siendo uno de los lastres de la juventud. Siendo la edad de inicio los 13,7 años. El consumo abusivo ha llevado a la adicción a las nuevas generaciones, así lo asevera Alcohólicos Anónimos. En el ranking de drogas el primer puesto lo ocupa el alcohol; el 81,2% de jóvenes entre 14 y 18 años lo consume.

La promoción de las bebidas etílicas es uno de los temas de la legislación publicitaria más debatidos y que suscitan algunas polémicas. Cierto es que las prohibiciones publicitarias son justificadas por el legislador en orden a la protección de la salud y la seguridad de las personas, evitando el consumo indiscriminado. El abuso de campañas publicitarias contra el alcohol puede provocar su consumo.

“El abuso del alcohol crea más problemas de salud que las drogas”. El Gobierno ha destinado muchos millones de euros para programas contra la droga, en los que se incluye el alcohol.

También se han lanzado varias campañas publicitarias contra el consumo de las bebidas etílicas bajo los eslóganes: “El alcohol llena vacíos”. “Habla con tus hijos, la información es prevención”. “Bebe con moderación, es tu responsabilidad”. Con estas acciones se ha intentado vigorizar las conductas y sugerir la exigencia individual en el consumo de bebidas
alcohólicas.

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¿Hay azar en la evolución?

Posted by solidaridadmedios en agosto 30, 2017

origen de la vidaAl lanzar una moneda al aire, no sale cara o cruz por azar, sino por el movimiento que se le ha dado a la moneda, por la resistencia del aire y el tipo de superficie sobre la que cae: factores que resultan imposibles de medir con exactitud. Por eso se habla de juegos de azar. Aristóteles lo expresó de forma insuperable cuando dijo que “el azar es una etiqueta para nuestra ignorancia”.

Se puede hablar del azar en el lenguaje coloquial, pero no en el científico, porque la ciencia se define precisamente como “conocimiento por causas”, y apelar al azar es una forma acientífica de prescindir de las causas. Tal vez, por excepción, podría surgir, al azar, un órgano de un ser vivo, pero no se puede convertir la excepción en ley, como pretenden muchos darwinistas. El azar, en realidad, tiene la misma capacidad explicativa que la generación espontánea. Hoy resulta risible la ingenuidad que suponía creer en la generación espontánea, pero es igualmente ingenuo creer en el azar.

¿Qué son los sistemas de complejidad irreductible?

Es otro de los obstáculos que el azar y el evolucionismo darwinista no logran superar. Una duna puede perder arena y seguir siendo duna. Una montaña excavada por una mina o mordida por una cantera sigue siendo montaña. En cambio, en muchas operaciones de un ser vivo –regidas por la sincronización, no por la acumulación– no se puede prescindir de un solo elemento ni de un solo paso: se rigen por el “todo o nada”, y un solo fallo anula el sistema. Por eso, por no admitir recortes ni simplificación, esas operaciones constituyen sistemas de complejidad irreductible.

¿Se puede poner un ejemplo biológico?

Hay múltiples ejemplos en los seres vivos. Un niño pedalea en su bici, derrapa y se cae. Al rasparse, sangra un poco por una rodilla y una mano, pero se limpia las heridas y la cosa no tiene mayor importancia. ¿Por qué no tiene mayor importancia? Porque la sangre de las heridas se coagula. De lo contrario, el niño se desangraría. ¿Y qué pasaría si la orden de coagulación se extendiera a toda la sangre del herido? Pues que el pequeño ciclista quedaría coagulado de pies a cabeza. ¿Y si el coágulo fuera pequeño e interno? Entonces produciría una hemiplejia o un infarto. Por fortuna, el niño no se desangra ni se coagula, y tampoco sufre un infarto, precisamente porque solo se coagula la sangre expuesta al aire¿Es posible que este sistema haya evolucionado según la teoría darwiniana? No, porque la simple ausencia del factor antihemofílico, o la sola presencia de la trombina, sin su correspondiente inhibidor, serían mortales. O concurren al mismo tiempo las doce proteínas implicadas, o el sistema falla. 

Que se coagule la sangre de una herida es algo normal y corriente, pero la bioquímica lleva medio siglo estudiando este asombroso proceso y no es capaz de identificar sus causas. Todo lo que dice el profesor Doolittle, primera autoridad mundial, es que el factor tisural aparece, que el fibrinógeno nace, que la antiplasmia surge, que el ATP se manifiesta, y así sucesivamente.

¿Una célula es un sistema de complejidad irreductible?

Cualquier bacteria, cualquiera de las células que integran –por billones– el cuerpo de un mamífero, es un sistema de complejidad irreductible. Se ha visto a la célula como una ciudad en miniatura, que se levanta a velocidad de vértigo y necesita poseer, al mismo tiempo, una membrana envolvente, generadores de energía, gradiente de iones, macromoléculas encapsuladas, polimerización, replicación por genes y enzimas, almacenamiento de información y capacidad de mutación. Así, la biología celular relativiza las tesis evolucionistas, pues cada uno de los cambios anatómicos que Darwin consideraba muy simples, implica procesos bioquímicos abrumadoramente complejos.

Por eso, mientras se desconozcan las leyes de los programas moleculares de los seres vivos, hablar de evolución y selección guiadas por el puro azar, es emplear metáforas con el mismo valor explicativo que denominar “toldo de estrellas” al firmamento. Hay un ajuste fino en las grandes constantes del universo y de la vida; un  diseño previo y una clara finalidad en toda la naturaleza.

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Hacerse adulto

Posted by solidaridadmedios en agosto 25, 2017

inmadurezY entonces a Emily le sucedió un acontecimiento de importancia considerable. De repente se dio cuenta de quién era. No había motivos claros para comprender por qué no le sucedió eso cinco años antes o cinco después; y tampoco era fácil saber por qué le ocurrió precisamente aquella tarde. Cada vez que movía un brazo o una pierna, este sencillo movimiento le producía una impresión de divertida sorpresa al observar lo pronto que le obedecían sus miembros. La memoria le decía que siempre le habían obedecido, pero no se había dado cuenta nunca de lo sorprendente que resultaba.

Cada consideración acudía a su mente como un fogonazo y sin palabras. Cuando se hubo convencido del hecho asombroso de que ella era “ella”, se puso a calcular el alcance que podía tener ese descubrimiento. En primer lugar, ¿a qué era debido que entre tanta gente como podía haber sido, ella fuera precisamente esta persona determinada, Emily Bas-Thornton, nacida al año tal entre todos los años de todos los tiempos, y encajada en esta determinada envoltura de carne? ¿Lo había escogido ella misma, o lo había hecho Dios?

En segundo lugar, ¿por qué no había reparado antes en esto? Llevaba viviendo así un montón de años y nunca antes lo había pensado. Tenía la misma sensación que un individuo que recordase de pronto a las once de la noche, sentado en su sillón, que había aceptado una invitación a cenar aquella noche. ¿Cómo puedo haber estado sentado toda la tarde sin que me inquietase la menor preocupación? ¿Cómo había podido pasado ella tantos años sin haber notado un hecho tan evidente?

Las reflexiones de esta protagonista de una novela de Ricard Hughes traen a nuestra consideración una realidad importante e interesante: cada uno de nosotros somos un ser humano irrepetible, y tenemos una misión que cumplir, algo que nadie puede hacer por nosotros, y además en ello está la clave de nuestro acierto en el vivir.

No se trata de convertirse en visionarios ni en quijotes de una extraña misión; y también es cierto que se puede ser feliz de muchas maneras; pero no debemos eludir por pereza o egoísmo esos retos personales que la vida a cada uno nos plantea. Descubrir y aceptar esto es muestra del verdadero despertar a la etapa adulta.

Muchos lo descubren en la adolescencia, pero otros apenas llegan a comprenderlo nunca. Son víctimas de una especie de síndrome de Peter Pan por el que su mente se resiste a hacerse adulta. Les cuesta tomar las riendas de su vida. Se diría que ven la línea divisoria que separa la juventud de la madurez —una línea que les parece una zanja de profundidad insondable—, y buscan algún vado o puente para cruzarla, después de merodearla durante meses o años, pero no se deciden a dejarla atrás de un salto. Lo triste es que no tardan en lamentar los días de su juventud y el modo en que los han malgastado.

Todo esto se manifiesta con claridad en la inmadurez de algunos matrimonios, que resultan no ya un proyecto entre dos seres humanos adultos y conscientes sino —como ha escrito Susanna Tamaro— la fuga en un sueño de dos niños.

Quizá la educación tenga mucho que ver en esto. El miedo a exigir de los padres; o ese no advertir que la pequeña infidelidad de ahora conduce a la injusticia flagrante de mañana; o no hablar de las consecuencias, seguramente por miedo a ser tachados de cenizos; o no estimular el esfuerzo personal, para no incomodar. Todos esos errores, si no se atajan a tiempo, conducen a una triste e inconsciente prolongación de la infancia, una de las grandes tragedias de nuestro tiempo, y que siempre acaba en un amargo despertar.

Alfonso Aguiló

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Es posible dejar de ser gay

Posted by solidaridadmedios en agosto 25, 2017

matrimonio2Un estudio publicado en la revista «Archives of Sexual Behaviour» demuestra que los hombres y las mujeres homosexuales que intentan cambiar de tendencia sexual lo logran en un alto porcentaje de casos, aunque su comportamiento anterior y sus intereses sexuales hubieran sido únicamente homosexuales durante años.

El doctor Robert L. Spitzer, de la Universidad de Columbia, en Estados Unidos, autor del estudio, ha presentado sus conclusiones en el congreso anual de la Asociación de Psquiatría de Estados Unidos.
Spitzer realizó entrevistas telefónicas a 200 personas que habían cambiado su orientación sexual de homosexual a heterosexual, y que habían continuado así durante un período de al menos cinco años. De las 200 personas que participaron en el estudio, 143 eran hombres y 57 mujeres.

Spitzer registró cambios en la orientación sexual que se habían producido en el período entre los doce meses anteriores a que las personas comenzaran a cambiar, y los doce meses anteriores a la entrevista telefónica a la que les sometió.

Para ser seleccionado para el estudio, los participantes tenían que haber sentido una atracción predominantemente homosexual (al menos 60 en una escala de 0 a 100) antes de comenzar el esfuerzo para cambiar hacia la heterosexualidad. Además, tenían que haber conseguido una heterosexualidad exitosa y que, tras el esfuerzo realizado, hubieran registrado un cambio significativo en la atracción sexual, de al menos 10 puntos en una escala de 0 a 100 desde al menos cinco años antes del estudio.

No es una enfermedad

El doctor Robert L. Spitzer fue una de las personas clave de entre los que contribuyeron a retirar la homosexualidad de la relación de las enfermedades mentales de la Asociación Psiquiátrica Americana en 1973.
Según Spitzer, “es mejor no considerar la homosexualidad una enfermedad”. Para el especialista, “las personas molestas con su homosexualidad deben tener la posibilidad de cambiar”.

Críticas

El estudio de Spitzer ha recibido críticas. John Bancroft, de la Universidad de Indiana, ha señalado que muchos de los que respondieron al cuestionario buscaron un cambio en sus vidas “a causa de sus creencias religiosas”. En todo caso, considera que el estudio se ha realizado entre un número significativo de personas.

Miguel Jaque

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