Solidaridad y Medios

Solidaridad integral en los Medios de Comunicación

Las sombras y los miedos

Posted by solidaridadmedios en enero 12, 2019

Es muy interesante la historia de Bucéfalo, aquel caballo que sólo Alejandro Magno era capaz de montar. Todos los que lo intentaban eran incapaces de mantenerse a su grupa más allá de unos pocos segundos. El animal caracoleaba, se encabritaba, y enseguida daba en el suelo con todos sus jinetes. Alejandro supo observarlo con atención y enseguida descubrió el secreto de aquel indómito corcel. Entonces se acercó, agarró las riendas y lo puso frente al sol. Lo acarició, soltó su manto, y de un salto montó sobre él y lo espoleó con energía. Controló los corcoveos, sin dejarle apartarse de la dirección del sol, hasta que el animal se calmó y siguió su marcha a paso lento y tranquilo. Sonaron los aplausos, y dicen los historiadores que al verlo Filipo, su padre, vaticinó que el reino de Macedonia que él poseía se quedaría pequeño para la gloria a la que estaba llamado su hijo.

¿Cuál era aquel secreto que sólo Alejandro supo descubrir? Fue algo muy sencillo. Se dio cuenta de que aquel caballo se asustaba de su propia sombra. Bastaba con no dejarle verla, con enfilar sus ojos hacia el sol para que aquel atormentado animal se olvidase de sus miedos.

El mundo está lleno de personas a las que pasa quizá algo parecido. Personas en apariencia normales y desenvueltas, pero que esconden en su interior toda una serie de miedos y complejos que les encadenan a fracasos y malas experiencias que han sufrido. Muchas de sus energías están paralizadas por esa valoración negativa que tienen de sí mismas. Son rehenes de su propio pasado, hombres o mujeres cuyos temores les impiden enfilar decididamente el futuro y les frenan para llegar a ser lo que están llamados a ser.

Nunca me ha gustado la ingenuidad y la vehemencia con que algunos hablan de la autoestima. Pero sí estoy de acuerdo en que se trata de un problema creciente en nuestros días. Educarse a uno mismo es algo parecido a educar a otro. Para educar a otro hay que exigirle (si no, lo convertiremos en un mimado insufrible), pero también hay que tratarle con afecto, hay que verle con buenos ojos. De la misma manera, para educarse a uno mismo también hay que exigirse, pero a la vez hay que tratarse a uno mismo con afecto, verse con buenos ojos. Sin embargo, hay demasiada gente que se maltrata a sí misma, que se recrimina áspera y reiteradamente sus propios errores, que se juzga a sí misma con demasiada dureza y se considera incapaz de superar sus defectos.

Es verdad que los que no recuerdan sus fracasos del pasado están abocados a repetirlos. Pero hay que hacerlo con equilibrio y sensatez. Porque el fracaso puede tener un valor fructífero, igual que puede haber éxitos estériles. Un fracaso fructífero es el que conduce a nuevas percepciones e ideas que aumentan la experiencia y el saber. Es muy famosa aquella anécdota de Thomas Watson, el legendario fundador de IBM, que llamó a su despacho a un ejecutivo de la empresa que acababa de perder diez millones de dólares en una arriesgada operación. El joven estaba muy asustado y pensaba que iba a ser despedido de modo fulminante. Sin embargo, Watson le dijo: “Acabamos de gastar diez millones de dólares en su formación, espero que sepa usted aprovecharlos”.

No se puede vivir obsesionado por las sombras y asustándose de ellas. Fracasos tenemos todos, todos los días. Lo malo es cuando uno considera que el potro de su vida es imposible de dominar, cuando arroja la toalla en vez de fijarse en cuáles son las verdaderas causas de sus cansancios e inhibiciones. Si examinamos las cosas con cuidado, quizá concluyamos que, como Alejandro, hemos de tomar las riendas con decisión y mantener la mirada de cara hacia el ideal que alumbra nuestra vida.

Alfonso Aguiló

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Chesterton y el divorcio

Posted by solidaridadmedios en enero 12, 2019

El divorcio no solo era aireado en algunos medios de comunicación de la Inglaterra de principios del XX, sino también aplaudido como si fuera una fiesta. Algo que casi merecía las mismas flores y la misma celebración que una boda, con su correspondiente tarta de divorcio, su lista de regalos, muchos brindis alegres y un montón de invitados que se dan cita para ver al marido y a la mujer desaparecer en direcciones opuestas. En 1920 recopiló Chesterton varios de sus artículos periodísticos sobre este tema, los desarrolló y escogió como título “La superstición del divorcio”.

Su optimismo incurable le hizo creer que la nueva moda no arraigaría, y que su ensayo acabaría siendo innecesario. Se equivocó por completo, y hoy es más necesario que nunca recordar sus palabras: “si chocas de noche con un obstáculo, puedes quitarlo de en medio, siempre que no sea el pilar que sostiene el techo sobre tu cabeza”. Para Chesterton, los que quieren ampliar los conceptos de familia y matrimonio abren boquetes en el casco de un barco creyendo que están cavando hoyos en un huerto. La cuestión de si están en un barco o en un huerto la juzgan teórica y abstracta. No imaginan la grandeza de lo que atacan, ni advierten el peligro de sus agujeros. Por eso, facilitar el divorcio le parece tan irresponsable como animar a las personas a tirarse al mar o pegarse un tiro. Piensa que el mundo capitalista está en guerra contra la familia por la misma razón por la que está en guerra contra el sindicato. Y es que el fino olfato de los plutócratas ha descubierto que la familia es el mayor obstáculo para su inhumano progreso. Porque sin familia estamos indefensos ante el Estado, como denuncia el gran Balzac en un párrafo que Chesterton aplaude sin reservas: Al perder la solidaridad de la familia, la sociedad ha perdido esa fuerza elemental que definió Montesquieu llamándola honor. La sociedad ha aislado a sus miembros para gobernarlos mejor, y los ha dividido para debilitarlos. A quienes no ven la estrecha relación entre divorcio y esclavitud, Chesterton les pide que se acuerden de La cabaña del tío Tom y se pregunten si la más antigua y más simple de las acusaciones contra la esclavitud no ha sido siempre la separación de la familia.

Sin entrar en el aspecto religioso, Chesterton advierte la falta de lógica con que se plantea este asunto: puesto que hay matrimonios que desean divorciarse, los divorcistas piden una ley que lo permita. Se trata de un tipo de falacia que nos aboca a ir de mal en peor: como el puente de Londres se ha caído, reconozcamos que los puentes no sirven para unir dos orillas. La verdad, sin embargo, es que el antiguo puente construido sobre las torres de los sexos es la más digna de las grandes obras de la tierra”. En lugar de un debate racional, Chesterton lamenta que solo se oiga una especie de coro sentimental, repitiendo que el matrimonio es amor, y cuando el amor cambia, cuando muere y renace en otra parte, el matrimonio ha de hacer lo mismo. Con toda su razonable simpatía por lo sentimental, semejante planteamiento le parece pura patraña, como si un ladrón dijera que siente reverencia por la propiedad privada, pero piensa robar un Van Gogh que el Barón Tyssen ya no aprecia mucho. Es obvio que este ladrón no entiende lo que significa una ley, ni tampoco una institución.

Porque el matrimonio es una institución jurídica establecida para cumplir ciertas funciones. Y la relación entre esposos, entre padres e hijos, no puede ser disuelta por un mero arrebato sentimental. Los sentimentales están en su derecho de tener los sentimientos que quieran, pero no pueden afirmar que una institución equivale a una emoción. Sentimentales y progresistas tienen razón al esgrimir que en toda familia hay problemas, pero se equivocan al pensar que los problemas se disuelven cuando se disuelve la familia. En realidad, se agrandan. “Si sustituyes la educación natural de los padres por profesionales a sueldo, eres como un loco que se niega a usar gratis el viento o el agua para mover su molino, y contrata para ello a jornaleros”. Al preguntarnos qué es el matrimonio, es posible que caigamos en la cuenta de que se trata de una promesa. Y, si es lógico pedir a un hombre fidelidad a la comunidad que lo ha hecho a él, no es menos lógico pedirle que sea fiel a la comunidad que él ha hecho. No es muy difícil entender que esa pequeña comunidad, especialmente libre en cuanto a su causa, está radicalmente atada en cuanto a sus efectos: ningún otro contrato puede crear niños que hayan de vivir bajo el mismo techo.

Por eso, la fórmula “hasta que la muerte nos separe” no es de ninguna manera irracional, pues los padres morirán antes de ver siquiera la mitad de la vida de esos seres que han engendrado. Si Ricardo o Susana desean destruir su familia porque se han cansado de convivir, Chesterton les aconseja pensarlo mejor. Y les asegura que no tienen derecho a destruirla, ni siquiera a pensarlo, hasta que entiendan bien para qué sirve. Tienen que saber que la familia realiza por amor un trabajo social necesario, imposible de realizar por dinero. Tienen que saber que es el origen de toda sociedad, constituida siempre por un conjunto de reinos pequeños en los que un hombre y una mujer se convierten en rey y reina, y en el que ejercen una autoridad razonable, sujeta al sentido común de la comunidad, hasta que quienes están bajo su cuidado crecen y son capaces de fundar reinos similares. Se trata de la estructura social de la humanidad, mucho más vieja que toda su documentación histórica, y más universal que cualquiera de sus religiones. Por eso, todos los intentos de alterarla son engaño y estupidez.

En otro de los supuestos, Ricardo o Susana pueden querer una familia sin comprometerse, convencidos de que, tarde o temprano, se cansarán del pacto. Temen que, con el tiempo, se conviertan en personas diferentes. Pero es precisamente ese cambio constante –estima Chesterton– lo que constituye la esencia misma de la decadencia, aunque a esa decadencia le demos el nombre de modernidad. Uno de los más serios problemas del mundo romano fue que, por debajo de cierto nivel social, nadie estaba seguro en cuestiones de genealogía y paternidad. Por eso, “cuando las esclavas cristianas empezaron a defender su dignidad hasta llegar a la muerte, empezó un mundo nuevo”. Chesterton sonríe cuando escucha que el compromiso matrimonial es un yugo impuesto a la humanidad por el diablo, pues en realidad es un yugo que quienes se aman se imponen a sí mismos. La expresión “amor libre” es contradictoria, porque la naturaleza del amor es atarse a sí mismo, y la institución del matrimonio no hace otra cosa que respetar la decisión de dos personas libres, tomando en serio su palabra.

Prometerse y dejar al mismo tiempo una escapatoria, una posibilidad de retirada, le parece a Chesterton un engaño esterilizador del amor. Sabemos que hablaba por experiencia. Los contrastes entre el caótico escritor y su meticulosa esposa fueron muchos y grandes, pero la convivencia fue siempre buena. Su propio matrimonio le proporcionará esta simpática argumentación: “Siendo niño escuché que en Estados Unidos era posible obtener un divorcio por incompatibilidad de caracteres. Pensé que era un chiste. Ahora he descubierto que es verdad, y me parece más que un chiste. Si los casados pueden divorciarse por incompatibilidad de caracteres, no entiendo por qué no se han divorciado todos. Por la misma definición del sexo, cualquier hombre y cualquier mujer tienen caracteres incompatibles. Y precisamente de eso se trata al casarse. Más aún, de ahí resulta lo más divertido de ese compromiso. Uno no se enamora de una persona compatible. Estoy preparado para apostar que nunca un matrimonio ha tardado más de una semana en descubrir su incompatibilidad de temperamento, y que una buena y sólida incompatibilidad es garantía de estabilidad y felicidad”.

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Respeto a lo sagrado

Posted by solidaridadmedios en enero 12, 2019

En la sociedad actual —escribo glosando ideas de Joseph Ratzinger—, gracias a Dios, se multa a quien deshonra la fe de Israel, su imagen de Dios, sus grandes figuras. Se multa también a quien vilipendia el Corán y las convicciones de fondo del Islam. Sin embargo, cuando se trata de lo que es sagrado para los cristianos, la libertad de opinión aparece como un bien supremo cuya limitación resultaría una amenaza contra la tolerancia y la libertad.

El hecho sorprendente de que en el mundo occidental se castiguen con rigor las afrentas a cualquier religión menos a la cristiana, contrasta de modo notable con las evidentes raíces cristianas de nuestra sociedad, que han favorecido a lo largo de su historia un enorme avance, tanto moral y social como de desarrollo científico y económico. Occidente sufre una extraña falta de autoestima por su historia, por las raíces que le han dado su actual fuerza. Se advierte en esto una especie de complejo, que sólo cabe calificar de patológico, de una sociedad que intenta —y esto es digno de elogio— abrirse llena de comprensión a valores externos, pero que parece no quererse a sí misma; que tiende a fijarse siempre en lo más triste y oscuro de su pasado, pero que no logra percibir los valores de fondo sobre los que se fundamenta.

Nuestra sociedad necesita de una nueva aceptación de sí misma, una aceptación ciertamente crítica y humilde, pero sin caer en el abandono o la negación de lo que le es propio. La multiculturalidad no puede subsistir sin puntos de referencia. Y no puede subsistir, por ejemplo, sin respeto hacia lo sagrado. Se trata de un punto fundamental para cualquier cultura: el respeto hacia lo que es sagrado para otros, y el respeto a lo sagrado en general, a Dios. Y esto es perfectamente exigible también a aquel que no cree en Dios. Allá donde se quebrante ese respeto, algo esencial se hunde en una sociedad, porque la libertad de opinión no puede destruir el honor y la dignidad del otro.

Para las demás culturas del mundo, la profanidad absoluta que se ha ido formando en Occidente es algo profundamente extraño. Están convencidas que un mundo sin Dios no tiene futuro. Por eso es aún más necesario que la multiculturalidad respete y proteja también nuestros valores cristianos, al menos con la misma fuerza con que se abre a otros. Porque el respeto a los elementos sagrados del otro sólo es posible si lo sagrado, Dios, es respetado.

Y los que somos cristianos, ciertamente podemos y debemos aprender de lo que es sagrado para los demás, pero también es deber nuestro mostrar en nosotros el rostro de Dios, de ese Dios que tiene compasión de los pobres y de los débiles, de las viudas y de los huérfanos, del extranjero; del Dios que hasta tal punto es humano que él mismo se ha hecho hombre, un hombre sufriente, que sufriendo junto a nosotros da dignidad y esperanza al dolor.

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Las opiniones de Chesterton sobre el control de natalidad

Posted by solidaridadmedios en enero 12, 2019

En Inglaterra, patria de Malthus, su llamada al control de la natalidad fue especialmente escuchada y defendida por el movimiento feminista. Se trata de un buen ejemplo, dice Chesterton, de que la historia de la humanidad está llena de ideas que se han vuelto locas. Y añade que, con la lógica del birth control, bastaría con cortar cabezas para ahorrarse peluqueros y dentistas.

La misma expresión «control de la natalidad» le parece una cortina de humo para ocultar la verdad: que el control normal y real de la natalidad ha de ser el control de uno mismo. Por entonces, la sociedad capitalista occidental entendía por control lo contrario: que la gente no tuviera control alguno, siempre que pudiera esquivar las consecuencias de su conducta sexual. Por tanto, el nuevo control era el nombre que se daba a los métodos que permiten robar el placer que pertenece a un proceso natural, mientras se frustra de manera violenta y antinatural el proceso.

Chesterton compara esa conducta con la del epicúreo romano que tomaba vomitivos para poder engullir a diario cinco o seis comilonas. Y señala que cualquier persona con sentido común ha de advertir que ese tipo de hábitos van a ser malos para la propia salud y para el propio carácter. En otros tiempos, los seres humanos sabían estas cosas. Hoy, advierte Chesterton, realizamos el esfuerzo persistente y malsano de conseguir placer sin pagar por él: tengamos los placeres de los conquistadores sin los sufrimientos de los soldados. Y añade categóricamente que esto no funciona así, pues hay una emoción que solo es conocida por el soldado que defiende su bandera, por el asceta en su alumbramiento espiritual, por el amante que entrega su libertad. Y es esa disciplina la que hace del compromiso algo verdaderamente valioso.

A Chesterton le asombra la insinuación de que pueda haber algo mezquino en poner como objetivo del matrimonio el nacimiento de un niño. Piensa, por el contrario, que ese gran milagro natural es la parte más creativa, más imaginativa y más desinteresada de todo el proceso. Pues dar vida a un nuevo ser, a una isla de conciencia, de experiencia y de alegría, es un acto inmensamente más grande y divino que el mismo amor entre hombre y mujer. Y mucho más grande que una satisfacción física momentánea. Si pensamos que dar la vida a otra persona no es algo noble, Chesterton nos pregunta por qué va a ser más noble la pura indulgencia con el placer.

Cuando el escritor Alan Herbert defendió en Inglaterra el control de la natalidad, Chesterton lamentó que hubiera caído en la trampa del tópico de moda: el que considera el mayor poder creativo del ser humano –más asombroso que cualquier obra de arte– como si fuera una tarea ingrata y baja, demasiado degradante para ser el fin del matrimonio. «Hay, por supuesto, otros fines que pueden gozar los que no alcanzan el primero, pero soy incapaz de ver por qué los hijos no constituyen el primer fin y el más grande».

Al considerar el rechazo feminista del matrimonio y la familia, Chesterton aboga por el respeto a las relaciones humanas naturales. En la medida en que los hijos son niños, siempre serán «súbditos» de alguien. Y es evidente que la mejor distribución de los súbditos es la natural, «bajo sus príncipes naturales», que normalmente sienten por ellos lo que nadie más sentirá: un amor incondicional. Admite que hay razones para criticar la vida en familia y razones para elogiar la vida en un hotel, pero le sorprende que se pueda sugerir que la ruptura de un hogar supone una liberación. Lejos de ver en ese cambio una ganancia de libertad, piensa que tal ruptura representa exactamente lo contrario. Como todo lo humano, la familia no es perfecta, pero es simple cuestión de aritmética ver que logra la mejor forma de organizar libremente al mayor número de personas, pues hay muchos más padres que profesores, policías o políticos. Y, si consideramos a los padres como príncipes independientes, y a los hijos sencillamente como súbditos, esa distribución natural da la mayor cantidad de libertad al mayor número de súbditos. Por eso, «quienes hablan contra la familia son poco inteligentes: no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen».

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A vueltas con la posverdad

Posted by solidaridadmedios en diciembre 25, 2018

En 2016, posverdad fue elegida palabra del año por el Diccionario Oxford. Según explica el Diccionario, surge la posverdad cuando “los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales”. Es lo que determinó, según parece, la aparatosa victoria de Donald Trump y del Brexit. A poco que se piense, la novedad de la palabra posverdad no va más allá de la palabra, pues la situación a la que nombra es tan vieja como la humanidad.

Tucídides observó que la primera víctima de toda guerra es la verdad, y lo mismo podríamos decir de los conflictos económicos, raciales, políticos, emocionales, culturales, jurídicos… Sócrates se enfrentó durante toda su vida a la posverdad de los sofistas. Si queremos imitarle, chocaremos, como él, contra una mayoría que siempre ha preferido dejar de indagar y declarar que la verdad no existe. Los griegos llamaron a esa postura escepticismo. “¿Por qué no dejo de destrozar mi vida buscando respuestas que jamás voy a encontrar, y me dedico a disfrutarla mientras dure?”, se pregunta el escéptico Woody Allen.

Y es que llegar a verdades importantes, además de requerir tiempo y esfuerzo, es algo que no está garantizado. Un repaso a la Historia pone de manifiesto que, a menudo, los seres humanos hemos aceptado como verdades lo que no eran sino errores, y a veces disparates. Por eso, lo que ahora llamamos posverdad viene a ser el viejo puerto donde ese buscador frustrado se ha refugiado a menudo, tras el duro combate por aclararse en la vida.

La posverdad es lo que queda de la verdad en los tiempos posmodernos, donde se han vuelto líquidos los sólidos pilares que habían sostenido hasta entonces la identidad del individuo: estado fuerte, familia estable, empleo indefinido, finalidades claras… La sustancia de la sociedad posmoderna es una mezcla de movilidad, incertidumbre y valores relativos, con acuerdos temporales y pasajeros, válidos solo hasta nuevo aviso. Ese “fin de la era del compromiso mutuo” obliga al individuo a adaptarse constantemente, a reinventarse varias veces a lo largo de su vida, a sufrir la provisionalidad crónica de su personalidad.

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El relativismo es muy pernicioso para la sociedad

Posted by solidaridadmedios en diciembre 25, 2018

Relativo y relativismo no significan lo mismo, porque lo relativo también es objetivo: esta chica es objetivamente una mujer, pero también es objetivamente madre respecto a sus hijos, esposa respecto a su marido, hija respecto a sus padres, enfermera para sus pacientes, votante para los partidos políticos. Y cada uno debe tratarla como lo que objetiva y relativamente es: el enfermo no puede tratarla como si fuera su mujer, y el marido no puede tratarla como enfermera ni como hija. Así pues, las relaciones reales no son subjetivas ni arbitrarias.

El hombre libre puede escoger entre diferentes verdades que iluminan su conducta con diferente intensidad. Pero, si escoge el relativismo, suprime la validez objetiva de las verdades y abre la puerta al «todo vale», por donde siempre podrá entrar lo irracional. El relativismo, al sustituir las relaciones reales por las subjetivas, al concebir de forma subjetiva la verdad y el bien, es una forma equivocada de entender la vida. Si la verdad fuera subjetiva, el violador, el traficante de droga y el asesino podrían estar actuando bien. Si la verdad fuera subjetiva, todas las acciones podrían ser buenas acciones. Y también podrían ser buenas y malas a la vez. Si la verdad fuera relativa, la injusticia que se denuncia en los medios de comunicación y se condena en los tribunales no sería denunciable ni condenable, pues subjetivamente es deseada y aprobada por el que la comete. Con otras palabras: si los juicios éticos solo fueran opiniones subjetivas, todas las leyes podrían estar equivocadas.

Según el poeta Campoamor, “En este mundo traidor, / nada es verdad ni mentira, / todo es según el color / del cristal con que se mira”. Pero resulta que hay líneas claras de demarcación entre conductas humanas e inhumanas, entre comportamientos lógicos y patológicos. No son imposiciones arbitrarias, sino criterios inteligentes, necesarios como el respirar. Los encontramos en ese fondo común de casi todas las culturas, legislaciones y códigos penales: no robar, no matar, no mentir, no abusar del trabajador, no abusar del niño o de la mujer… Al simplismo de los tópicos y al abuso del relativismo podemos añadir un tercer atentado contra la verdad, muy propio de nuestra época: La tiranía de lo políticamente correcto. En esta ocasión, en lugar de salir a buscar un ejemplo, viene a nuestro encuentro la ideología de género. ¿Se debe legislar contra la discriminación injusta? Por supuesto. ¿Debe haber leyes particulares para cada tipo de discriminación, cuando ya existe una ley general que abarca todos los supuestos? Si se responde afirmativamente, además de promulgar leyes innecesarias, el legislador se enfrenta a la imposibilidad de contemplar todas las posibles formas de discriminación, y entonces la propia legislación se convierte en discriminatoria.

Es lo que sucede en las Comunidades Autónomas españolas que han legislado contra la discriminación por orientación sexual, y no contra las demás formas de discriminación. Además de la orientación sexual, los ciudadanos tienen orientaciones políticas, musicales, deportivas, religiosas, gastronómicas… El Estado está obligado a respetarlas, pero no deberá imponer como verdadera ninguna en particular, y mucho menos deberá privilegiarla en los planes de educación. Si lo hace, si dicta a los ciudadanos lo que deben hacer o pensar, abusa de su poder. Respetar a un cristiano, a un budista o a un musulmán no significa creer que sus doctrinas son verdaderas, y ese respeto es compatible con no sentir aprecio por ellas. Cualquiera sabe que respetar no significa aplaudir. Por eso, cuando un colectivo exige ferviente adhesión a su postura, atenta contra una libertad básica y pide un trato de privilegio incompatible con la democracia.

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El ser humano no es sólo física y química

Posted by solidaridadmedios en diciembre 25, 2018

En el Museo de Historia Natural de Washington, transparentes vasijas de diversos tamaños contienen los productos naturales y químicos que se encuentran en un organismo humano de proporciones semejantes: 40 kilos de agua, 17 de grasa, 4 de fosfato de cal, 1 de albúmina, 5 de gelatina. Otros frascos de menor capacidad contienen carbonato cálcico, almidón, azúcar, cloruro de calcio y de sodio, etc. Ante esa representación puede surgir en el visitante una pregunta inquietante: ¿está todo lo humano contenido en esos recipientes?

El pensamiento mecanicista responderá que sí, pues considera que los seres vivos son mecanismos integrados por elementos y fuerzas fisicoquímicas. Pero no parece que la mera suma de elementos de la tabla de Mendeleiev haya producido nunca un ser vivo, como tampoco las piedras levantan un muro por sí solas. ¿Acaso se puede explicar un edificio solo por sus ladrillos? Además, los elementos de un ser vivo no bastan para explicar aspectos fundamentales como el automovimiento, la coordinación funcional, la sensación o el comportamiento instintivo. No bastan porque, siendo comunes a lo vivo y a lo inerte, tienen propiedades diferentes —y algunas veces contrarias— según estén formando parte del ser vivo o libres en su estado natural.

Esto se pone de manifiesto en la muerte: lo que antes formaba un organismo donde todas las partes eran interdependientes en virtud de un plan unificador, al perder la vida pierde cada parte no solo su condición de parte, sino su misma existencia. De hecho, el cuerpo vivo no puede ser cuerpo si no está vivo. Sin vida, lo que fue cuerpo se descompone en pulvis, cinis et nihil, como reza un famoso epitafio. Se puede explicar cualquier cosa —también los seres vivos— atendiendo solo a sus componentes materiales, pero no conviene olvidar que todo lo que existe ha requerido, además de su materialidad, un diseño previo. Las causas inteligentes de los seres vivos no están a la vista, pero eso no nos permite negarlas, pues están a la vista sus resultados.

La explicación mecanicista puede ser suficiente dentro de un planteamiento estrictamente empírico, pero el científico sabe que la realidad no se agota a ese nivel.

En palabras de Marcus Jacobson “podemos conocer la química cerebral que explica el movimiento de un dedo, pero eso jamás explicará por qué ese movimiento se usa para tocar el piano o apretar un gatillo”.

Ya Platón había hecho pronunciarse a Sócrates en ese sentido: “Admito que, si no tuviera huesos ni músculos, no podría moverme, pero decir que ellos son la causa de mis acciones me parece un gran absurdo”. Más allá de la explicación mecanicista está la explicación filosófica, entre cuyas consideraciones destacamos tres: Que el orden es una cualidad no material que se da en lo material, hasta tal punto que el desarrollo de la ciencia moderna se halla ligado a la convicción profunda de que el universo es profundamente racional: No existen científicos sin esa convicción.

Que el orden solo puede ser concebido por una inteligencia. Si nada sale de nuestras manos sin una idea previa, se impone considerar qué manos inteligentes habrán moldeado la admirable arquitectura del universo. Esta es la última de las preguntas que puede formularse un científico, para la cual ya no hay respuesta científica. Que el orden se busca con vistas a un fin: la perfección del conjunto. Sus efectos son bien visibles: las estructuras de los seres, tanto orgánicos como inorgánicos.

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Evolución y creación

Posted by solidaridadmedios en diciembre 25, 2018

Si nos preguntan por qué se vuelve loco don Quijote, responderemos lo que todo el mundo sabe: por leer demasiados libros de caballerías. Pero qué responderíamos si nos preguntan: ¿Don Quijote se vuelve loco por leer libros de caballerías o porque quiere Cervantes?

Está claro que el Universo se explica gracias a la gravitación, el electromagnetismo y las fuerzas nuclear débil y nuclear fuerte. Pero, en última instancia, ¿se explica solamente por esas leyes? Estamos hablando de un conjunto de seres contingentes que no se han dado la existencia a sí mismos, que necesariamente han tenido un origen radical, ex novo. Y eso es crear: no transformar algo que existe previamente, sino producir por completo ese algo, hacerlo surgir ex nihilo.

La evolución, en cambio, se ocupa del cambio de ciertos seres que previamente existen. De esta forma se ve claro que la creación y la evolución no pueden entrar en conflicto, porque se mueven en dos planos y en dos cronologías diferentes. Es equivocado, por tanto, plantear la cuestión como una alternativa excluyente: «evolución o creación». Lo correcto, más bien, es la unión sucesiva de “creación y evolución”.

Una certera comparación de Ernst Jünger aclara este punto: “la teoría de Darwin no plantea ningún problema teológico”. La evolución transcurre en el tiempo; la creación, por el contrario, es su presupuesto. Si se crea un mundo, con él se proporciona también la evolución: se extiende la alfombra y esta echa a rodar con sus dibujos.

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El programa de la vida

Posted by solidaridadmedios en diciembre 25, 2018

La naturaleza está sujeta a leyes, y esas leyes se pueden expresar por relaciones aritméticas. Sin embargo, hay una ley que la ciencia no consigue atrapar entre fórmulas, un programa que no se deja copiar: el programa de la vida. Unos versos de Juan Ramón Jiménez expresan muy bien esa dolorosa ignorancia: “¡Quién, quién, naturaleza, levantando tu gran cuerpo desnudo, como las piedras, cuando niños, se encontrara debajo tu secreto pequeño e infinito!”

Por el momento, solo hemos sido capaces de poner un nombre poético a ese “secreto pequeño e infinito”: alma. Una palabra que ya aparece varias veces en los poemas homéricos, como nombre de algo impreciso, más o menos contrapuesto al cuerpo: soma y psiqué. Los presocráticos, de Tales a Demócrito, proponen distintas concepciones acerca de la psiqué humana, pero solo desde Platón adquirirá precisión formal este problema. En el Fedón, Platón pone en boca de Sócrates varias tesis fundamentales sobre este aspecto: Que la realidad del hombre consiste en la unión de dos elementos reales, alma y cuerpo. Que el alma representa lo divino, anterior al cuerpo e inmortal. Que el cuerpo es mortal e impuro, cárcel y tumba del alma. Que el destino del cuerpo es muerte y corrupción, pero el del alma es perdurar después de la muerte. Que el destino de las almas no es igual para todas: recibirán premios o castigos, según hayan sido sus obras en este mundo. Que, si la vida ha sido virtuosa, la muerte es más deseable que temible, sin que eso justifique el suicidio.

Hoy, la biología molecular nos dice que el cuerpo de un mamífero está compuesto por billones de células. Y cada célula está formada por millones de moléculas. Si hubiera que levantar ese rascacielos biológico ensamblando una molécula por segundo, sería necesario hacer trabajar en paralelo a billones de empresas constructoras durante muchos miles de años. Por eso se puede afirmar que un embrión, al desplegar tal actividad en el tiempo récord de semanas o meses, es un portentoso arquitecto. Una larga tradición filosófica argumenta que el trabajo simultáneo y coordinado de esos billones de astilleros monocelulares solo es posible si hay un “centro de control” que sincronice desde el principio todos los astilleros, retenga en su memoria lo que han hecho y sepa lo que todavía queda por hacer. De lo contrario, todo el proceso vital sería abortado en su mismo inicio. Para cualquier ser vivo, el “centro de control” es el principio activo que unifica los muchísimos millones de programas que trabajan en equipo. Desde hace muchos siglos se le ha llamado psiqué.

Y, como retener el pasado y poseer el futuro implica estar por encima del espacio y del tiempo, la inmaterialidad aparece como un rasgo esencial de lo psíquico. Quizá nunca sepamos qué es exactamente el alma, pero tampoco podremos dudar de su existencia. Oír que alguien llama a la puerta no es identificar al que llama. “Alma”, la palabra con la que designamos la causa de la vida, es precisamente el nombre que ponemos a un desconocido cuya existencia no ofrece duda. Se podría objetar que no es razonable defender algo invisible; que lo obligado sería, más bien, rechazar lo que no se puede ver. Pero la verdad es que lo invisible, por el hecho de serlo, no tiene por qué ser irreal. Cuenta el psiquiatra vienés Viktor Frankl que un alumno de Medicina le preguntó en qué quedaba la realidad del alma, siendo esta totalmente invisible. El profesor confirmó que no era posible ver un alma mediante disección o exploración microscópica, pero preguntó a su vez por qué razón iba a exigir esa prueba. Por amor a la verdad, contestó el joven. Entonces le llevé al terreno que yo quería. Solo necesité preguntarle si cosas como el amor a la verdad podían hacerse visibles por vía microscópica. Aquel muchacho comprendió que lo invisible, lo anímico, no puede encontrarse mediante el microscopio, pero que es un presupuesto para trabajar con él.

En este tema, citar a un médico parece garantía de honestidad, y lo agradecen los alumnos de ciencias. ¿Por qué no presentar ahora a Laín Entralgo, un médico español esencialmente humanista? En su libro “Alma, cuerpo, persona”, comenta la siguiente anécdota: Un positivista ramplón —varios hubo en el siglo XIX— dijo a don Federico Rubio, positivista también, pero más avisado: “Nunca en mis vivisecciones y en mis experimentos me he topado con algo a que pudiera llamar alma”. A lo cual respondió el gran cirujano: “Tampoco yo he podido trasvasar a cucharadas eso que llaman oxígeno”. No; lo que llamamos alma no puede ser objeto de percepción directa.

Entonces, ¿qué es lo que en realidad nombra la palabra alma? Dos respuestas veo. En tanto que realidad inmaterial, dice la primera, el alma no puede ser directamente percibida, pero varias de las actividades del hombre —su pensamiento, el ejercicio de su libertad, etc.— obligan a admitir su existencia real y a considerarla principio constitutivo de la total realidad del hombre. Ella es lo que en cada uno de nosotros realmente vive, quiere, entiende, ama, etc. “Si se trata del alma —decía Mayans en su Rethorica—, se debe observar que en cuanto anima se llama alma; en cuanto entiende, entendimiento; en cuanto recuerda, memoria, y en cuanto discurre o juzga, juicio”.

Mucho antes, y más radicalmente, había afirmado Platón que el pensamiento es un silencioso diálogo del alma consigo misma. Finalmente Jiménez Lozano, ese humanista castellano, que imagina el alma como una estancia donde “pasan cosas de mucho secreto”, relacionadas con tres realidades fundantes: el amor, la muerte y Dios. Se lamentaba el escritor del saqueo actual del alma por parte de políticos y vendedores varios. Saqueo con expulsión de las tres realidades mencionadas, únicas que pueden habitar el “yo” sin ensuciarlo o matarlo.

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Cómo pudo aparecer el ser humano

Posted by solidaridadmedios en diciembre 25, 2018

Según muchos autores  el mecanismo más frecuente de especiación,  es decir el mecanismo de producción de nuevas especies se produce a partir de una o pocas parejas.
Un dato a tener en cuenta es que, desde el antecesor común al hombre y al chimpancé, que existió hace unos cinco millones de años, ha habido, en la línea evolutiva que conduce al hombre, cuatro mutaciones cromosómicas, dato que coincide con las cuatro especies que se han identificado en esta línea: australopiteco, Homo hábilis, Homo erectus y Homo sapiens. Esto podría significar que son, efectivamente, especies biológicamente distintas y que todas se originaron por especiación instantánea debido a una mutación cromosómica.

Teniendo en cuenta lo esto, nos inclinamos a pensar que “Adán” tuvo que ser el primer individuo de la especie Homo sapiens, aunque, para la cuestión que nos ocupa, daría lo mismo que fuera anterior. En todo caso, sería el primer individuo de la primera especie con inteligencia reflexiva, es decir, con alma o espíritu. Aunque parece más frecuente que las nuevas especies que aparecen por mutaciones cromosómicas se produzcan a partir de un número reducido de individuos, y no de una sola pareja, esto último es perfectamente posible; y así lo vamos a explicar para contrarrestar los prejuicios antimonogenistas, que no son científicos sino ideológicos: la única razón que se puede encontrar para posturas de este tipo es una oposición de principio a la Sagrada Escritura por parte de muchos científicos.

Lo más natural es que haya aparecido como los individuos de muchas nuevas especies: engendrado, con una nueva mutación cromosómica, por un homínido exteriormente parecido a él, pero de una especie distinta. Sus progenitores biológicos no serían propiamente sus padres, ya que este concepto se reserva para quien engendra algo según su propia especie.
Ese individuo sería el primero con una dotación cromosómica y genética correspondiente a la especie humana y, por tanto, Dios crearía y le infundiría su alma, como hace siempre, aunque con la particularidad de que ésa fue la primera vez. Con la primera mujer pudo ocurrir algo semejante.

Al fin y al cabo, ¿cómo aparecen todos los hombres?: por la unión de dos células sin importancia, que en la mayoría de los casos se pierden antes de unirse sin que esto suponga ningún problema; pero su unión produce una nueva célula con dotación genética y cromosómicamente humana que, aún siendo una sola célula es totipotente —sus genes están programados para desarrollar un organismo completo—, y que es, en consecuencia, un nuevo individuo de nuestra especie al que Dios infunde un espíritu creado en ese mismo instante.

La aparición de la primera pareja pudo ser así. En un homínido macho existen algunos espermatozoides con una mutación cromosómica que implica que ya no son los propios de su especie, sino que han llegado a tener las características de un espermatozoide humano ; en un homínido hembra puede ocurrir lo mismo con algunos de sus óvulos. Si estos dos homínidos se cruzan y se produce la fecundación de un óvulo mutado con un espermatozoide mutado, entonces aparece el primer ser humano, y además el primer hecho sobrenatural en el universo material desde su misma Creación: una nueva creación, la del alma del primer hombre y con ella la primera psique. 

La humanización, entendida como la adquisición de la capacidad de un pensamiento reflexivo, sólo puede ser instantánea. Esto es evidente, ya que es una capacidad que tiene que aparecer en un determinado momento; antes no existía y ahora existe: no es necesario enfrascarse en discusiones sobre si puede progresar, lo importante ahora es el hecho de si existe o no; y actualmente sólo hay una especie que posea dicha capacidad.

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