Solidaridad y Medios

Solidaridad integral en los Medios de Comunicación

El gran valor de la amistad

Posted by solidaridadmedios en julio 12, 2019

Nacemos para amar y ser amados, y esa doble necesidad la experimentamos todos, desde el rey más encumbrado hasta el último mendigo. Shakespeare pone este arranque de sinceridad nada menos que en boca del rey Ricardo II: Permaneced cubiertos, súbditos míos. No os burléis de la carne y de la sangre con vuestros solemnes respetos. Mandad a paseo la reverencia, la tradición, el protocolo y la etiqueta. Hasta ahora os habéis engañado respecto a mí. Vivo de pan como vosotros, y como vosotros tengo necesidades, experimento el dolor, no puedo pasar sin amigos. Estando así esclavizado, ¿cómo podéis decirme que soy rey?

Si el afecto es la primera forma de amar, la amistad es la segunda, un paso más, un salto de calidad. Entre los clásicos que mejor han escrito sobre ella destacan Homero, Platón, Aristóteles, Cicerón, Séneca y san Agustín. La primera literatura occidental, desde que Homero saca a pasear a Ulises por Troya y el Egeo, ya elogia esa relación que presta al encuentro entre los seres humanos un colorido especial. Con una cronología similar a la homérica, la Biblia nos relata múltiples historias reales de amistades entrañables.

Entre los griegos, hay en la vida de Sócrates hechos y dichos vigorosos, pero él mismo nos dice que la amistad es el centro de su vida, y que, alimentada por la cultura común, proporciona experiencias inolvidables. Para Sócrates, el placer de contemplar a fondo los hombres y las cosas está cercano a la felicidad, y el arte de vivir consiste en descubrir a las personas –siempre pocas– que pueden compartir ese placer. Un siglo más tarde, Aristóteles afirmará que la amistad, además de algo hermoso, es lo más necesario en la vida. Todo lector de su Ética a Nicómaco se siente sorprendido y cautivado por la atención y la elegancia con que el autor describe ese sentimiento. Después de él, casi todo lo que se ha dicho sobre la amistad parece que llega tarde, pues ha sido analizado a fondo en esas páginas esenciales de la cultura griega. En cualquier tratamiento de la amistad aparecen varios rasgos comunes:  Se trata de una relación entrañable y libre, recíproca y exigente,  desinteresada y benéfica, que nace de inclinación natural  y se alimenta del convivir compartiendo.

Así, en la pobreza y en las demás desgracias consideramos a los amigos como el único refugio. Y, en cualquier situación, tener amigos íntimos es una verdadera suerte. Recordando sus años universitarios, Lewis comenta que, en un grupo de íntimos, esa apreciación es a veces tan grande que cada uno se siente poca cosa ante los demás, y se pregunta qué pinta él allí, entre los mejores. Dice Eurípides que, cuando Dios da bienes, no hay necesidad de amigos. Pero nadie querría poseer todas las riquezas y estar solo, pues el hombre es animal social, y por naturaleza necesita convivir. Incluso la persona más intratable necesita algún amigo sobre el que vomitar el veneno de su aspereza, observa Séneca. Lewis precisa que la necesidad de la amistad no es biológica, pues no tiene valor de supervivencia; más bien es una de esas cosas que le dan valor a la supervivencia. Así explica Fernando Savater el efecto benéfico de la amistad: No creo que hayamos nacido para las cosas, sino para los semejantes. La verdadera satisfacción, la alegría vital, tiene que ser algún tipo de relación con nuestros semejantes: una relación creativa, una relación amorosa, una relación solidaria. Todo eso da un sentido a la vida. La posesión de cosas, por muy bonitas, por muy caras, por muy interesantes que sean, nunca puede satisfacer absolutamente al ser humano. No puedo dar una definición concreta de la alegría, pero lo que sea hay que buscarlo en la proximidad, la relación, el intercambio, incluso en la polémica con los semejantes, no en la posesión de objetos. La relación amistosa es fruto del convivir compartiendo. Solo los que no tienen nada no pueden compartir nada. Solo los que no van a ninguna parte no pueden tener compañeros de ruta.

Aristóteles plasma esta idea en una inesperada descripción costumbrista: Amistad es, en efecto, convivir, y desear para el amigo lo mismo que para sí. Y aquello en lo que ponemos el atractivo de la vida es lo que deseamos compartir. Por eso, unos beben juntos, otros disfrutan con el mismo juego, o practican el mismo deporte, o salen de caza, o charlan sobre Filosofía.

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El afecto hacia los semejantes

Posted by solidaridadmedios en julio 12, 2019

El ser humano, profundamente necesitado de los demás, experimenta un sentimiento natural de afinidad que facilita las relaciones enriquecedoras con sus semejantes. Un sentimiento que puede dar lugar a cuatro relaciones fundamentales, y que son otras tantas formas de amar: el afecto, la amistad, el amor y la caridad. Los afectos son numerosos y diferentes, pues somos afectados por los demás en muy diverso grado: desde la simpatía a la pasión amorosa, desde la ligera antipatía al odio.

En sentido propio, el afecto es el sentimiento positivo que se reduce a la mera satisfacción de estar juntos. Para sentirlo no es necesario dar o recibir algo valioso, sino simplemente mirar y ser mirado con aprobación. Por eso pueden ser tratados con afecto el minusválido y el deficiente mental, y también el feo, el estúpido y el de carácter difícil.

En la más célebre de sus novelas, Hemingway nos habla de un viejo pescador que salía cada mañana en su bote y llevaba tres meses sin coger un pez. Un muchacho le había acompañado los primeros cuarenta días, hasta que sus padres le habían ordenado salir en otro bote que capturó tres buenos peces la primera semana. Pero el viejo había enseñado al muchacho a pescar desde niño, y el muchacho no lo olvidaba. Le entristecía ver al viejo regresar todas las tardes con las manos vacías, y siempre bajaba a ayudarle a descargar los aparejos. Un día marcharon juntos camino arriba hasta la cabaña del viejo. –¿Qué tiene para comer? –preguntó el muchacho al llegar a la cabaña. –Una cazuela de arroz amarillo con pescado. ¿Quieres un poco? –No. Comeré en casa. El muchacho sabía que no había ninguna cazuela de arroz amarillo con pescado, así que se despidió del viejo y regresó al poco tiempo con plátanos fritos, arroz y frijoles negros.

En su ensayo Los cuatro amores, C. S. Lewis explica que el afecto ignora barreras de edad, sexo, inteligencia y nivel social. Por eso puede darse entre un jefe de Estado y su chófer, entre un premio Nobel y su antigua niñera, entre Don Quijote y Sancho Panza, aunque sus cabezas vivan en mundos diferentes. Y ello porque la sustancia del afecto es sencilla: una mirada, un tono de voz, un chiste, unos recuerdos, una sonrisa, un paseo, una afición compartida. La mirada afectuosa nos enseña en primer lugar que las personas están ahí, y después que podemos pasar por alto lo que nos moleste de ellas, que es bueno sonreírles, y que podemos llegar a tratarlas con cordialidad y aprecio.

Lewis asegura que, en nueve de cada diez casos, el afecto es la causa de toda felicidad sólida y duradera. Pero matiza su afirmación aclarando que esa felicidad solo se logra si hay un interés recíproco por dar y recibir. Además de sentimiento, el afecto requiere cierta dosis de sentido común, imaginación, paciencia y abnegación.

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¿Son las pasiones irresistibles o involuntarias?

Posted by solidaridadmedios en julio 12, 2019

En la gran familia de los sentimientos encontramos algunos especialmente poderosos, casi irresistibles: las pasiones. Son conocidas desde antiguo como agitaciones anímicas acompañadas de alteración corporal. Toda pasión es una subida de tensión sentimental, una hipertrofia emocional. Su intensidad se manifiesta en una anomalía de la atención, que se concentra en un punto y es capaz de reducir el resto del mundo a ruido de fondo. «Yo melibeo soy, y a Melibea adoro, y en Melibea creo, y a Melibea amo», dice Calisto. Y le responde su criado Sempronio que «harto mal es tener la voluntad en un solo lugar cautiva».

Por esa voluntad apasionada, Melibea no quiere sobrevivir a Calisto, y antes de quitarse la vida exclama: «Cuán cautiva tengo mi libertad, cuán presos mis sentidos de tan poderoso amor del muerto caballero». Esa concentración de la atención se vive como ceguera para todo lo demás. Cegado por la pasión de poder, Macbeth no ve otra cosa que la deseada corona; por eso dice, con asombrosa lucidez, que «nada existe para mí sino lo que no existe todavía». En el origen de muchas pasiones están las conmociones provocadas por el placer y la belleza. Y en su desarrollo se puede caer en lo patológico.

Escribe Van Gogh a su hermano Theo: «Experimento una increíble claridad en los momentos en que la naturaleza es tan hermosa. Pierdo la conciencia de mí mismo y las imágenes vienen como en un sueño». Y en otra carta –con tristes y proféticas palabras– advierte que «muchos pintores se vuelven locos porque la pintura le aparta a uno de la realidad. Yo me sumerjo de golpe en el trabajo una y otra vez, pero mi razón se resiente y se quedará medio perturbada para siempre». Una pasión no controlada fue la causa de la locura de Don Quijote, a quien «se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio».

¿Somos responsables de nuestros alborotos anímicos y de sus consecuencias? Si la pregunta es clara, la respuesta es confusa: sí y no. Somos responsables de nuestras acciones voluntarias, y no de lo que hacemos por fuerza o necesidad. A la fuerza puede un navegante ser llevado a la deriva por el viento y las olas, pero no por las pasiones. Piensa Aristóteles que sería ridículo considerar involuntaria la conducta de quien se deja arrastrar por la ira o por el deseo de placer, aunque reconoce que en ciertos casos pueden ser juzgados con indulgencia. Es claro que si se corta de raíz la primera chispa de una pasión desenfrenada  y perjudicial,  no es difícil controlarla; lo malo es cuando se deja voluntariamente que prenda la llama, pues irremediablemente se convertirá en incendio. ¿Podríamos considerar involuntaria la conducta del joven Agustín, cuando reconoce que «mi carne tomó el control de mi persona y yo me entregué a ella incondicionalmente»?

También es preciso reconocer que, si podemos obrar cegados por la pasión, hay pasiones que aumentan la lucidez del que las padece. Las pasiones que zarandean a muchos personajes de Shakespeare, lejos de nublar su inteligencia, la dotan de diabólica clarividencia. Hamlet prepara con frialdad y de forma minuciosa su venganza. Macbeth o Ricardo III –lo mismo que cualquier dictador o terrorista profesional– tienen una refinada capacidad para calcular los pros y los contras de sus ambiciosos planes criminales. Se diría incluso que poseen una gran facilidad técnica de autocontrol. No tienen ofuscada la razón, de forma que no obran sin darse cuenta. Su libertad no está destronada o sojuzgada como en el caso del hombre a quien la ira hace perder la cabeza. Nada más humano, en cualquier caso, que la fauna sentimental: la gran literatura y el mejor cine –expresiones privilegiadas de lo humano– son el reino de los sentimientos y de las pasiones. No habría Odisea sin amor a Penélope; ni guerra de Troya sin rapto de Helena; ni don Quijote sin Dulcinea; ni Raskolnikov sin Sonia; ni Yuri Zivago sin Lara. Y la vida entonces no merecería llamarse vida.

Fuente: José Ramón Ayllón

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La justicia es absolutamente necesaria en la sociedad

Posted by solidaridadmedios en julio 10, 2019

Hesíodo explica que Zeus puso como norma de peces, fieras y pájaros voladores comerse unos a otros, pero a los hombres les dio la justicia, que es más provechosa. Y es que, obligados a vivir en sociedad, marcados como estamos por la necesidad de convivir, nos conviene jugar limpio. Si respetamos de común acuerdo esa necesidad de relación promovemos la justicia.

Es en el espacio de la polis griega donde, por primera vez en la Historia, lejos de los antiguos poderes absolutos, el ciudadano se enfrenta a una aventura nueva y apasionante: construir una sociedad de hombres libres. Pero la posibilidad va a ser doble: hacia lo más humano y hacia lo inhumano. Por eso es necesaria la protección de la justicia, como recuerda un texto de Heródoto: «Sois libres, pero no completamente, porque tenéis un dueño que es vuestra ley». La justicia se define desde antiguo como la voluntad de dar a cada uno lo suyo. Si existe algo que hay que respetar en los demás es porque el poseedor tiene derecho a ello. Por tanto, la justicia presupone el derecho.

Un derecho solo puede existir en un sujeto capaz de poseerlo y reclamarlo. Y solo el hombre posee derechos, porque solo él se autoposee, es dueño de sí, es persona. Iustitia est ad alterum, decían los romanos. El distintivo de la justicia es la relación al otro. Y, aunque no lo parezca, cualquier acción significa dar o retener lo que es de otro. Esto se entiende cuando consideramos que el otro es también y en todo momento la sociedad. Porque toda acción, aunque quede fuera del campo de las leyes, afecta al tejido social.

Del mismo modo que el bienestar del cuerpo necesita del bienestar de todas sus partes, pues el dolor de una simple muela lo impediría, la salud del cuerpo social necesita la salud de sus individuos. No es indiferente para una familia que el padre sea borracho. No es indiferente para una ciudad que abunde la droga. Por eso está en juego la justicia cuando, en la esfera de lo que parece estrictamente privado, alguien se entrega a una conducta poco recomendable. De acuerdo con esto, todo acto inmoral puede considerarse injusto.

Aunque lo interno es siempre en el hombre causa de lo externo, la justicia se realiza preferentemente en las acciones externas. El otro no es propiamente alcanzado ni tocado por lo que yo piense, sienta o quiera en mi interior, sino por lo que yo haga. Solo la acción externa es capaz, en rigor, de quitar o devolver lo que es suyo y le corresponde. La convivencia humana se ordena mediante actos externos, y solo en ese campo se puede juzgar sobre la justicia y la injusticia, ya que la interioridad es inaccesible si el sujeto no la manifiesta. Por otra parte, toda acción externa cae dentro de la esfera de la justicia porque tiene trascendencia social: no se habla sin ser oído, ni se usa algo que no sea propio o ajeno.

Platón señaló que la justicia de las cosas humanas consiste en la armonía del alma y la armonía de la ciudad: doble ajustamiento, individual y colectivo, que se logra cuando cada parte del alma y cada miembro de la ciudad hacen lo que les corresponde. Entendida así, como armonía anímica y política, la justicia constituye el resumen y la expresión más genuina de la conducta ética. Este amplio concepto será recogido por Aristóteles y llegará a las primeras universidades europeas: iustitia est omnis virtus. Aristóteles llama justo al que cumple las leyes. Y, como las leyes buscan el bien común, añade que la justicia parece la más perfecta de las virtudes, porque se ejerce en favor de los demás. Después, para adornar esta excelencia, se permite una cita de Eurípides: «Ni el atardecer ni la aurora son tan maravillosos como ella».

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Rebelaos contra los que pretenden inculcaros una visión materialista de la vida

Posted by solidaridadmedios en julio 10, 2019

La juventud es la edad del inconformismo, de las rebeldías, de las ansias de todo lo que es bello, y bueno, y noble. Por eso, es joven de verdad quien mantiene vivos en su espíritu estos impulsos, aunque el cuerpo se desgaste por el paso del tiempo; y al contrario, es viejo —aunque tenga pocos años— quien se deja subyugar por la rutina, por el egoísmo, por la vejez del pecado.

Rebelaos contra los que pretenden inculcaros una visión materialista de la vida. Rebelaos contra los que intentan apagar, con mentiras que narcotizan el espíritu, vuestras ansias de verdad y de bien. Rebelaos contra los torpes mercaderes del sexo y de la droga, que tratan de enriquecerse a vuestra costa. Rebelaos contra los que quieren aprovecharse de vuestra juventud y de vuestra carga ideal, para perpetuar sistemas opresivos de la dignidad humana.

Rebelaos contra los que intentan arrancar a Dios de vuestras mentes y de vuestras vidas, de vuestra familia, de vuestro lugar de estudio o de trabajo.

Y qué significa esta rebelión a la que os invito? Quiere decir negar obediencia a esa siembra de males e injusticias. Quiere decir no ausentarse de tomar posición clara, no quedarse en una ambigua neutralidad ante las imposiciones que mortifican la dignidad del hombre. Quiere decir, y ésta es la rebelión de los hijos de Dios, no tener miedo a dar testimonio de la Cruz de Cristo ante un mundo arraigado en el egoísmo.

Rebelaos ante los falsos profetas de la paz, que claman contra la guerra y, a la vez, financian la matanza de los que están por nacer. Amad, amad a Dios y a los hombres, que el Amor es el nuevo nombre de la rebelión contra el mal. Amad la Verdad que se nos ha manifestado en Cristo, que éste es el modo cristiano de rebelarse contra las tinieblas del error.

Fuente: Alvaro del Portillo

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Las decisiones interiores dirigen nuestra vida

Posted by solidaridadmedios en julio 10, 2019

Julien Green describe con maestría ese proceso personal, íntimo, por el que todas las personas escuchamos en nuestro interior una llamada a la responsabilidad, a ser mejores, y que unas veces escuchamos y otras no. Hay una página de su diario que lo expresa muy bien: “Tal día de tu infancia, mientras jugabas solo en el cuarto de tu madre y el sol brillaba sobre tus manos, vino hacia ti cierto pensamiento, ataviado como un mensajero del rey, y tú lo acogiste con alegría, pero más tarde lo rechazaste. Y aquel pensamiento te hubiera guardado, sostenido. Cuando caminabas bajo los plátanos de tal avenida, y tu primo te dijo tales palabras, comprendiste en seguida que aquellas palabras te llegaban de parte de Dios, pero luego las olvidaste, porque contradecían en ti el gusto del placer. Y tal carta, que rompiste y tiraste a la papelera, te habría disipado aquellas dudas, pero tú no querías cambiar…”.

Algunas de esas ocasiones tienen una trascendencia especial. Son segundos que parecen decidir nuestro destino. Y no son algo accidental o inopinado, sino el fruto de una larga serie de actos sutilmente ligados entre sí. Son instantes que parecen impuestos por un misterioso impulso, sin ningún debate interior, pero esa aparente ausencia de deliberación no implica falta de libertad. Nuestros actos interiores, esos mil pequeños detalles que registramos en nuestro interior casi sin darnos cuenta, todas las numerosas y minúsculas negativas que dejamos pasar cada día, tejen poco a poco, a nivel consciente o subconsciente, un entramado interior. Y un día, quizá con ocasión de un suceso mínimo, incluso indiferente en sí mismo, surge en nosotros una idea o una convicción que parece nacer ya formada de nuestra mente, como Atenea surgió de la frente de Zeus. Parecen actos o pensamientos espontáneos, pero en realidad expresan el resultado de una batalla que se venía librando desde tiempo atrás en un nivel muy personal, en pequeños hábitos ocultos, en pensamientos velados, en complicidades interiores. Y llega un momento en que nuestra conciencia está parcialmente enajenada, enredada en esas mallas que se han ido tejiendo con el tiempo y que impiden la expresión de nuestra libertad verdadera.

De manera semejante, nuestras buenas acciones, nuestras aspiraciones al bien, hasta nuestros más insignificantes actos de generosidad, tejen a su vez otra red profunda, que también aflora un día en decisiones personales importantes. Igual que el hábito de los muchos “noes” trae un “no” a la hora de la verdad, el hábito de responder que sí a los embajadores de la verdad es lo que endereza nuestra vida. Julien Green cuenta en su diario otro pequeño ejemplo. “La primera vez que pensé en la muerte como un acontecimiento al que yo no escaparía, tenía unos veinte años. Fue en el jardín de mi tío, en Virginia. Evidentemente, sabía que tenía que morir, pero, como dice Bossuet, no lo creía. Aquel día entreví lo que podía significar el hecho de morir. Supuso una especie de revelación interior, y aquel pensamiento tan sencillo —tú también morirás— puedo afirmar que me cambió por dentro”.

Vivimos en medio de una sucesión de decisiones que conforman nuestro modo de ser. Y no siempre es fácil acertar. Sería simplista pensar que cuando cerramos nuestro corazón a la llamada del bien viene de inmediato un sentimiento de angustia. Es más, puede haber incluso un inicial alivio interior, un sentimiento de liberación, de mayor posesión de uno mismo, como de un peso que uno se ha quitado de encima, de una responsabilidad que ha dejado de pesar sobre nosotros. El rechazo del bien no siempre va acompañado de remordimiento, pues el hombre que se desliza por la pendiente del mal vive en una especie de magia que le fascina.

El mal puede resultar atractivo, y el bien, mientras no lo gustamos, puede parecer insulso e irreal. Sólo a la larga el mal descubre la saciedad que oculta, y luego no siempre resulta fácil salir de él. Por eso es preciso guardar nuestro propio corazón, velar por la sensibilidad de sus puertas, pues de lo contrario pronto nos encontraremos poseídos por ideas y sentimientos que hipotecan nuestra vida.

Alfonso Aguiló

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Las necesidad de las leyes y su respeto por parte de todos

Posted by solidaridadmedios en julio 9, 2019

En estos momentos en nuestro país hemos asistido a un cambio en la aritmética parlamentaria que ha propiciado la constitución de un nuevo gobierno. Es por tanto muy conveniente dejar claro la importancia del ejercicio de la autoridad  cuando están en juego valores, como el de la unidad de la nación, que son anteriores al propio sistema  democrático.

La función de la autoridad es sostener la convivencia, de modo que la discordia y la violencia no erosionen la vida social. Y el secreto para mantener esa armonía de la vida en común se resume en una palabra: ley. Sin esclarecer lo que significa este concepto decisivo no se puede entender al hombre y a la sociedad. La palabra parece derivar etimológicamente de ligare (atar), en cuanto comporta cierta obligación de obrar de determinada manera. Todo en el Universo, también el hombre, está sometido a leyes físicas y biológicas. Por eso se dice también que ley procede de legere (leer), en cuanto no es una obligación que el hombre inventa, sino que descubre o lee en la naturaleza.

Antes de analizar el concepto conviene deshacer cierto malentendido: la identificación de ley con mordaza o prohibición, obstáculo para la libertad, instrumento represivo del poder. Es importante apreciar que se trata de algo mucho más amplio y profundo que un simple código de prescripciones y prohibiciones, pues la ley es la condición de posibilidad de la vida social, su mejor defensa frente a los peligros que la amenazan, en especial la violencia. Si la violencia es la fuerza y el poder sin medida, la ley es la medida que limita la fuerza y el poder. Platón lo explica con estas palabras: “La ley no existe para privilegiar a un grupo concreto, sino para el bien de toda la sociedad, y para ello introduce armonía entre los ciudadanos por medio de la persuasión o de la fuerza, hace que unos hagan a otros partícipes de los beneficios que cada cual puede aportar a la comunidad, y ella misma educa así a los hombres con miras a la compenetración de toda la sociedad.”

La historia humana es una sucesión de guerras, guerrillas, revueltas, insurrecciones, inseguridades, explotaciones y atropellos de todo tipo, como si la violencia siempre pudiera alcanzar entre los hombres cotas desconocidas, difíciles de sospechar. La ley, al asegurar la paz y la prosperidad por medio de una ordenación inteligente de las relaciones humanas, es la mejor manifestación de la autoridad, y desempeña también un importantísimo papel educativo. La gran pedagogía de la ley consiste en dar a conocer el bien común y concretar sus exigencias. Su definición más clásica la ve como una ordenación racional de la conducta humana, dirigida al bien común y promulgada por la legítima autoridad.

Por ser un dictamen de la razón no se funda en el capricho ni en el afán de poder, sino en el descubrimiento de aquello que más conviene al hombre en sociedad. Si naufragamos con frecuencia en la injusticia y en el mal, siempre queda flotando como tabla de salvación la ley. En las grandes civilizaciones antiguas, la búsqueda afanosa del orden social culminó en el fabuloso hallazgo de la ley escrita. Ese criterio sabio y común se convirtió en la gran plataforma de la vida pública, ante la cual son considerados como iguales los débiles y los poderosos. Se repetía la misma solución que llevó en la esfera económica a la fijación de normas de peso y medida para el intercambio de bienes. La ley escrita equivalía al derecho igual para todos, altos y bajos. Con ella podían seguir siendo jueces los nobles, pero ahora se hallaban sujetos en sus juicios a la estabilidad de las normas escritas.

Para los antiguos fue un descubrimiento trascendental, y para los modernos una herencia incalculable. El Estado se expresa en la ley, y la ley se convierte en rey invisible que somete a los transgresores del derecho e impide los abusos de los más fuertes o de los que más amenazas profieren como está pasando con parte dela clase política y de la sociedad catalana Al aceptar la ley, el hombre acepta sobre sí una medida racional, no la violencia ni la arbitrariedad. Gracias a la ley no nos gobierna un hombre, sino la razón –dirá Aristóteles–, pues un gobernante sin leyes podría gobernar en su propio interés y convertirse en tirano.

Si la estabilidad social depende del respeto a la ley, el pueblo y nuestros nuevos dirigentes políticos deberán luchar denodadamente  por el respeto a las leyes que nos hemos dado. 

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Las tres etapas del feminismo hasta convertirse en radical

Posted by solidaridadmedios en julio 9, 2019

¿Qué camino ha recorrido el feminismo hasta llegar a la ideología de género? La pretensión del primer feminismo –por los tiempos de la Revolución Francesa– fue legítima y positiva: la equiparación de derechos entre el varón y la mujer. Pero a los derechos siguieron las funciones, y el feminismo comenzó a exigir la eliminación del tradicional reparto de papeles, juzgado como arbitrario.

Así, el segundo feminismo rechazó la maternidad, el matrimonio y la familia, como si fueran formas de esclavitud del varón sobre la mujer. En el origen de esta nueva pretensión encontramos las ideas de Simone de Beauvoir, publicadas en 1949 en su revolucionario ensayo El segundo sexo. Beauvoir previene contra «la trampa de la maternidad», anima a la mujer a liberarse de las «ataduras de su naturaleza», y recomienda el traspaso de la educación de los hijos a la sociedad, las relaciones lesbianas y la práctica del aborto. Estas ideas triunfaron en el París del 68 y se extendieron por los campus europeos y norteamericanos.

Hoy, en un tercer paso, los promotores del feminismo radical de género luchan por el triunfo de nuevos modelos de familia, educación y relaciones, donde lo masculino y lo femenino esté abierto a todas las opciones posibles. Como botón de muestra, en la España de la primera década del siglo XXI, la presentación en el BOE de la asignatura «Educación para la Ciudadanía» no hablaba en ningún caso de la verdad, el bien o la conciencia; en contadas ocasiones se refería a la familia y a los padres. En cambio, medio centenar de veces reivindicaba la libertad de todo niño y adolescente para elegir su orientación afectivo-sexual.

Más que un tema jurídico o religioso, más que una cuestión de tolerancia o libertad, más que un asunto tradicional o progresista, de derechas o izquierdas, conviene repetir que se trata de un choque frontal contra la realidad de las cosas. Pasar por alto el peso de la biología y afirmar que la sexualidad masculina y femenina es opcional, no determinada por la condición biológica del varón y la mujer, es pretender la cuadratura del círculo.

La ideología de género, al proponer una libertad corporal absoluta, provoca serios conflictos legales, morales y psicológicos, de los que no se libran los posibles niños adoptados. En 2010, López Ibor, Presidente de la Asociación Mundial de Psiquiatría, señalaba que «un niño paternizado por una pareja homosexual entrará necesariamente en conflicto con otros niños, se conformará psicológicamente como un niño en lucha constante con su entorno y con los demás, incubará frustración y agresividad».

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Diálogo, respeto y libertad de expresión en la esfera pública

Posted by solidaridadmedios en julio 9, 2019

En tiempos recientes, cuando parece que la posverdad y las fake news son el único horizonte del debate público, algunos han empezado a proponer la posibilidad de reducir la libertad de expresión. El mismo mensaje cristiano sufre, en muchos países, severas limitaciones en la vida pública, que van desde la censura indirecta, con debates parcialmente tendenciosos, hasta auténticas persecuciones.

Como ha dicho el Papa Francisco; “Necesitamos resolver las diferencias mediante formas de diálogo que nos permitan crecer en la comprensión y el respeto. La cultura del encuentro requiere que estemos dispuestos no sólo a dar, sino también a recibir de los otros”.

Pero, ¿qué significa crecer en comprensión y respeto en el ámbito de la comunicación pública? Quizá consista primeramente en darnos cuenta de que toda comunicación implica a personas con nombres y apellidos: la persona que comunica, las personas sobre las que se comunica y las personas a las que se dirige esa comunicación. La comprensión comienza cuando tratamos de ver personas concretas (y no “masas”) en el centro de cada relación comunicativa, aunque esas personas no estén físicamente presentes. No las vemos, pero están ahí, con toda su dignidad, especialmente cuando son más vulnerables.

Especialmente en los últimos años, cuando han hecho aparición masiva noticias falsas, comprensión y respeto significa renovar la profesión informativa desde dentro, profundizando en su dimensión de servicio a cada mujer y a cada hombre, porque una persona bien informada es una persona más libre y responsable y, por tanto, más capaz de actuar solidariamente en la sociedad.

Por otra parte, quienes respetan a los demás, la realidad de las cosas y la esencia de la profesión se hacen más “respetables”, mejores interlocutores en los debates públicos. Y tratando de comprender a los demás, de entender sus puntos de vista, se descubren aspectos verdaderos que no se habían considerado, se afinan mejor las propuestas y, en definitiva, se hace uno más “comprensible”. Si, en cambio, el trabajo de comunicación ignora las preguntas o perplejidades del otro, el monólogo suplanta al diálogo. 

La dignidad humana exige proteger la capacidad de autodeterminación personal hacia la verdad, sin privaciones ni coacciones. 

La velocidad que a veces condiciona las tareas de la comunicación, a la inmediatez con que los periodistas  se ven  obligados a actuar y a tomar decisiones importantes exige como contrapartida la necesidad que todos tenemos de cultivar amplios espacios interiores de serenidad, para hacer fecundo nuestro trabajo. Un comunicador sereno podrá infundir en el flujo inevitablemente veloz de la opinión pública, el  sentido positivo y el sentido moral cristiano, del que está muy necesitado.

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Por qué la cohabitación no sirve como período de prueba del matrimonio

Posted by solidaridadmedios en julio 8, 2019

Que la cohabitación previa al matrimonio contribuye a hacerlo más frágil es un fenómeno bien documentado. Hasta el punto, sostiene J. Budziszewski, de que los sociólogos de la familia ya no se plantean si las parejas que conviven antes de casarse son más inestables, sino a qué se debe esa mayor fragilidad. En un artículo publicado en su blog, ofrece una posible explicación.

Fuente: The Underground Thomist – aceprensa

A quienes ven la cohabitación como una preparación al matrimonio, Budziszewski, profesor de Filosofía Política en la Universidad de Texas en Austin, les recuerda la diferencia esencial entre ambas realidades. “Lo que busca la gente al casarse es tener un compromiso, mientras que lo que lleva a cohabitar es librarse de él. ¿Cómo puede ser la ausencia de compromiso un entrenamiento para el compromiso?”.

El hecho de que el futuro de una unión de hecho sea más incierto, dado que se da por sentado que no es para toda la vida, “hace que las parejas tengan menos incentivos para invertir en la relación. Lo que, a su vez, aumenta el grado de incertidumbre”.

Para Budziszewski, la inseguridad propia de estas relaciones acaba cristalizando en un estilo de vida calculador. “Las personas que cohabitan tienden a llevar el tanteo” y a medir lo que da cada cual. Este comportamiento vendría exigido por la lógica de la cohabitación: ¿por qué querría una persona darse del todo a otra que no tiene intención alguna de comprometerse con ella de por vida? Si finalmente deciden casarse, entrarán al matrimonio con ese hábito consolidado.

Deslizarse no es decidir en serio

Budziszewski concluye aludiendo a dos explicaciones que ha escuchado a algunos especialistas sobre la mayor inestabilidad de las parejas de hecho. Una apunta al diferente grado de consciencia con que unos y otros llegan al matrimonio. Para quienes no cohabitan, casarse suele ser una decisión muy pensada: precisamente porque no hay un período de prueba previo. En cambio, entre las parejas que cohabitan es frecuente que tienden a “deslizarse” hacia el matrimonio, más fruto de la inercia que de una decisión consciente.

Es la tesis que mantiene, por ejemplo, Scott Stanley, investigador en la Universidad de Denver y autor del blog Sliding vs Deciding. En un estudio homónimo, realizado con otros dos psicólogos, sostienen que dar ciertos pasos por inercia en la vida de pareja –convivencia, sexo, embarazo– puede traer más problemas a la relación (y motivos para abandonarla) que si los hubieran dado de forma más juiciosa, mientras que no necesariamente aumentan el grado de compromiso ni de implicación en la relación.

Una de las hipótesis de Stanley es que “algunas personas se casan con otras con quienes no se habrían casado si no hubieran cohabitado antes”. La convivencia previa es lo que, a su juicio, aumenta el riesgo de inercia; en cambio, los novios que no cohabitan tienen más fácil romper la relación si no ven futuro al posible matrimonio.

La otra explicación que menciona Budziszewski mira a las distintas expectativas con que mujeres y hombres afrontan la cohabitación: no es infrecuente que cuando ellas quieren casarse después de haber convivido, ellos no estén interesados. “Los hechos son particularmente crueles con la mujer, quien probablemente piensa que si cohabita una temporada lo suficientemente larga con un hombre, él acabará casándose con ella. Pero lo cierto es que, cuanto más tiempo cohabitan, más acaba ella en una posición de desventaja”. En este sentido, dice, “el matrimonio civiliza al varón” y aporta estabilidad a la relación.

El desequilibrio es particularmente pronunciado en las parejas jóvenes, como mostraron los sociólogos Michael Pollard y Kathleen M. Harris a partir de una muestra de 2.068 hombres y mujeres de 18 a 26 años. El 41% de los varones que cohabitan afirma que no están “completamente comprometidos” con sus parejas, frente al 26% de las mujeres que declaran lo mismo. Entre los casados, estos porcentajes son mucho más bajos: el 18% entre los hombres y el 12% entre las mujeres.

Budziszewski concluye su artículo con una pregunta: “¿Por qué una relación basada en la ausencia de compromiso, con múltiples incentivos para el fracaso y claras desventajas para la mujer debería ser una buena preparación al matrimonio?”.

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